Hace unos años leí un libro que se titula "El éxito del fracaso". ¡Qué contradictorio!, ¿no?
Porque nosotros pensamos que la cuestión es negro o blanco, izquierda o derecha, peronismo o radicales, river o boca éxito o fracaso.
Sin embargo, este libro que leí habla de un hombre que estaba en la cima de la vida, con riquezas, poder, una gran familia, reconocimiento social. En fin, lo que hoy podríamos denominar "una persona exitosa". Con esa historia seguramente estaría en todos los medios de comunicación, y todo el periodismo buscaría por cielo y tierra la manera de hacerle una nota, tomarle una foto o filmar parte de su vida.
Pero ese hombre no era un Ricardo Fort de su tiempo, que hacía alarde de lo que tenía y se pavoneaba ostentosamente delante de los otros. Por el contrario, era un hombre que estaba muy conciente de su realidad que era un mortal que en cualquier momento dejaría esta tierra y, por lo tanto, tenía un profundo respeto y reconocimiento hacia Dios. Porque sabía que lo que tenía provenía de este ser superior.
Un buen día este hombre perdió todo: sus riquezas, su familia y su reputación delante de los hombres. Quedó en la absoluta ruina; aún su esposa, la única sobreviviente de su familia, lo maldecía y rogaba que muera. Sus amigos, en vez de acompañarlo y ser su sostén en el tiempo de dolor y necesidad, se acercaron para recriminarle y culparlo de todo lo que le había pasado.
Pero este hombre, en medio de las críticas destructivas, de la falta de amor y de comprensión, y sintiendo el más profundo dolor por las perdidas sufridas, en ningún momento buscó culpar a nadie, ni a sus amigos, ni al gobierno, ni a su esposa, ni a Dios. Reconoció que desnudo había llegado a este mundo y que desnudo partiría de aquí. Que ninguna riqueza material era importante ni tenía suficiente valor, y que él no era quién para buscar culpables o acusar a alguien.
Este hombre exitoso, según los parámetros de la sociedad, cayó en el más profundo fracaso… para después de aprender una de las lecciones más importante de la vida, volver a resurgir. Y Dios le devolvió aún más de lo que había tenido en un principio.
Su fracaso se transformó en éxito y pudo reconocer que lo que antes vivía o conocía no era lo real, sino que ahora, después de valorar el fracaso podía conocer en verdad.
No estamos en la vida para ser exitosos. Nuestra meta es mayor: conocer y vivir como aquel que puede darnos mucho más abundantemente de lo que pensamos o imaginamos.
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