Se acercan las fiestas de fin de año y todo el cansancio que vinimos acumulando se nos viene encima. Parece que no llegamos, que estamos con las últimas fuerzas, y no vemos la hora de que lleguen nuestras esperadas vacaciones.
Pero las vacaciones llegan… y se van. Y otra vez tenemos que volver a empezar y, en la mayoría de los casos, con el mismo cansancio y angustia que traemos en la mochila desde el año anterior.
El estres, producido en muchos casos por la excesiva exigencia, por los objetivos demasiados altos e inalcansables o por la dura situación económica o familiar que nos llevan al extremo.
Las causas pueden ser de variada índole y presentarse en distintos envases.
Pueden ser sociales, dentro de las que podemos detallar el trabajo, la familia y las relaciones en general. Biológicas, si nos referimos a enfermedades o procesos en nuestro organismo que van carcomiendo nuestra salud. También están aquellas causas químicas como las adicciones al tabaco, el alcohol y las drogas. Y podemos señalar, además, el factor climático, externo a nosotros, que no podemos modificar ni influir, pero que también nos afecta.
¿Cómo hacemos, entonces, para quitarnos la carga, esa sensación de que ya no damos más?
Debemos aprender a conocer nuestras limitaciones, nuestras posibilidades y no ponernos objetivos más altos de los que podamos alcanzar. Y cuando enfrentamos desafíos saber que podemos lograrlos o no, pero el deleite debe estar en la posibilidad que tenemos de proyectarnos y no solamente en el hecho de tener éxito.
Es necesario tener relaciones sanas, maduras, aceptar al otro con sus particularidades y diferencias, de la misma manera que esperamos que el otro nos acepte tal y cual somos. Ser maduros para pedir perdón, y para otorgarlo. Los rencores y la falta de perdón nos mantienen atados a un sentimiento que nos perjudica directamente. No está mal recordar las palabras sabias de un hombre sabio: “El que esté libre de pecado (de culpa, de responsabilidad) que tire la primera piedra”.
Y también es saludable tener claro nuestro propósito en esta vida. Mientras la sociedad nos exige y nos empuja a luchar por progresar, por tener más, por ser los mejores, Dios nos invita a ser parte de su propósito, a ser llenos de su vida, a dejar en él todas nuestras angustias, dolores, problemas y circunstancias y aprender a descansar en él.
No hay mejor remedio para el estrés que éste.

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