viernes, 22 de abril de 2011

Se buscan modelos a seguir

Editorial del 16 de abril de 2011

La información daba cuenta de que una niña de 7 años tuvo que someterse a una cirugía estética porque sus compañeros la cargaban por la forma de sus orejas.
La madre había escuchado algunas de esas insinuaciones y, movida por el bienestar de su hija, decidió que se le realice la operación.
La noticia puede ser tomada simplemente como una nota de color, con aparente final feliz, y listo.
Pero si nos ponemos a pensar un poco, realmente no sé si con una cirugía estética podemos solucionar todos los problemas que nosotros o los nuestros podemos llegar a tener en las relaciones humanas y, en especial, referidas a nuestro aspecto.
Es entendible la preocupación de esta madre, porque creo que todos los que somos padres queremos lo mejor para nuestros hijos y sufrimos cuando sabemos de algún tipo de discriminación que hacen con ellos.
Pero la vida sigue, y el mundo avanza y las personas crecen, y si no buscamos hacer algo en relación a los conceptos que rigen las vidas de nuestras niños y niñas, las historias de no aceptación y rechazo se irán multiplicando aquí y allá. Y no siempre vamos a tener a mano una cirugía para solucionar el problema.
Lo que nuestros hijos dicen o piensan, o cómo actúan con sus pares tiene que ver, en buena medida, en cómo actuamos nosotros, en cómo nos ven tratar a los demás. Somos sus modelos a seguir, nos miran y aunque muchas veces no quieren ser como nosotros, a la larga repiten los patrones.
Por eso sería bueno que vivamos pensando y creyendo que cada ser humano es único e irrepetible, que así como es tan importante cuidar y defender su vida desde la concepción también es muy importante respetarlo en todas las etapas de su crecimiento, con sus características, con sus tiempos, con sus capacidades diferentes a las nuestras, pero valiosas. Porque así fue creado, así fue ideado y debemos aceptarlo.
¿Es tan importante que tenga una oreja grande, o que su nariz sea prominente, o que sea demasiado delgado o gordo o que tenga las piernas torcidas? ¿nos molesta tanto que tartamudee al hablar o que tenga una voz aguda? ¿Qué cambia que sea más morocho o más colorado?
Ninguno de nosotros es un accidente nacido de una explosión genética. Somos seres humanos distintos con un propósito bien claro para estar en este mundo. Somos criaturas diseñadas con amor y esmero, y debemos aprender a vivir para explotar al máximo nuestras particularidades.
Si vivimos de esta manera, y así les enseñamos a nuestros hijos a valorar la vida, también les vamos a estar enseñando a valorar y tratar al otro con respeto y aceptación. Y seguramente vamos a contribuir a hacer de nuestras sociedades lugares más agradables en donde vivir.

Víctimas en busca de esperanza

Editorial del 9 de abril de 2011

Esta semana, más precisamente el 7 de abril, un hombre de 23 años ingresó a la que había sido su escuela y asesinó a mansalva a 12 preadolescentes. Esto ocurrió en Río de janeiro, Brasil.
Envuelto en la locura, Wellington Menezes de Oliveira, entró a las aulas que quizás él había transitado siendo niño y, disparando a los pies, al torax y a la cabeza, asesinó sin piedad a alumnos de la institución.
¿Qué mecanismo puede ponerse en funcionamiento dentro de la mente de una persona para generar tremenda locura? Drogas, paranoia, desesperación, locura. Síntomas, quizás, de una sociedad que avanza en muchos aspectos pero que carece de un sentido de propósito.
La presidenta de Brasil Dilma Rousseff dijo: "No era y no es característico de este país vivir este tipo de crimen”. Sin embargo las hojas de los diarios están pobladas de muchos casos similares que se extienden a lo largo del mundo y ningún país, inclusive el nuestro, está exento de que un hecho similar pueda ocurrir.
En muchos casos hay un tejido social que favorece este tipo de actos en las manos de individuos que han sido expulsados de la sociedad y viven en la miseria y la necesidad más extrema. Víctimas de un sistema que sólo aplaude el éxito económico y profesional y mira de soslayo a los que no llegan, a los que no acceden a ese nivel, muchos son presas de la desesperación y la locura por conseguir algo, lo más indispensable, a veces un pedazo de pan para sus hijos.
Pero en este caso no había búsqueda de nada de eso. Solamente locura e irracionalidad, teñida de fanatismo religioso y, quizás, alguna dosis de drogadicción.
Pero detrás de un motivo u otro, lamentablemente, hay víctimas de este tiempo, de esta etapa de la humanidad que cada vez más busca sus placeres y satisfacciones lejos de las verdades que realmente traen esperanza y vida.
¿Es tan difícil creer que las palabras de vida y fe que hemos escuchado desde los comienzos de los tiempos siguen vigentes y tienen poder para darnos vida en medio de la desesperación reinante?
Cuanto más escucho las locuras de este tiempo, la falta de propósito y esperanza en el mundo actual, más sigo creyendo que sólo en Dios hay esperanza para el hombre de hoy.
No hablo de fanatismo ni de sectarismo, sino de buscar en el creador de la humanidad el motivo para el cual fuimos creados. Algo tan básico como leer el manual del fabricante para saber cómo tienen y pueden ser las cosas.
Locuras como la ocurrida en Río de Janeiro ya no pueden remediarse pero podemos trabajar para lograr que no vuelvan a suceder. Los gobiernos, generando las condiciones para que cada vez haya menos pobreza y necesidad, y cada hombre y mujer mirando en su interior y escuchando la voz que lo está llamando para descansar y encontrar el verdadero propósito. Jesús dijo: “Vengan a mí todos los que se encuentran agobiados, cansados, que yo les daré descanso”. 

Guerra de unos pocos, muerte de muchos

Editorial del 2 de abril de 2011

El 2 de abril de 1982 el gobierno de facto argentino buscó un milagro. Querían seguir en el poder, buscaban la aceptación de una nación que ya no soportaba más la desaparición de personas y la destrucción de un país que, un tiempo atrás, había sido próspero. Pero la soberbia que había en sus mentes no les permitió ver que ya estaba terminado, que no daba para más su permanencia en el poder y, entonces, encontraron una buena excusa, una excusa querida, añorada y esperada por todos los argentinos desde hacía décadas.
Y entonces se lanzaron a una guerra por recuperar su autoridad al frente de un gobierno ilegítimo, por recuperar su dignidad de soldados de la patria. Y en esa guerra, que tuvo como excusa la recuperación de las Islas Malvinas, mandaron a la muerte a miles de jóvenes argentinos que, algunos por obligación y otros por convicción, aceptaron el desafío de recuperar lo que nos habían robado.
Claro que del otro lado de la balanza estaba Inglaterra y los Estados Unidos, y de acá estábamos nosotros solos, bien solos, porque aún los países hermanos de Latinoamérica nos habían dejado huérfanos de ayuda.
El final lo sabemos, y muchos aún lo sufren en su cuerpo y en su alma.
Hoy, las cruces de los caídos en Malvinas están en fila, una al lado de la otra, en un terreno escarpado, casi inhóspito, que no conocemos pero que aún amamos. Sin embargo me pregunto si valió la pena tanta pérdida, tanta sangre, tanto dolor.
¿Vale la pena la recuperación de lo perdido a costa de sangre, de muerte, de destrucción? ¿Valió la pena matar para conseguir algo? ¿morir para ganar?
No está en discusión el valor o la osadía de nuestros soldados, muchos de ellos sin preparación y sin las armas y pertrechos necesarios. Recordamos a los caídos, y agradecemos su entrega a pesar de que las causas de esta guerra hayan estado teñidas de cuestiones políticas incorrectas. El gobierno de facto no pensaba en las Malvinas, pensaba en sí mismo.
Mirando nuestra historia y observando lo que está sucediendo en el mundo: Irak, Libia, Siria, Corea del Norte, Afganistán, me vuelvo a preguntar si el uso de las armas y de la fuerza sirve para algo. Porque detrás de todo conflicto armado hay siempre razones políticas y económicas que poco tienen que ver con el hombre común, con sus necesidades y esperanzas.
Lamentablemente, en muchos de estos casos, incluido el nuestro, la razón está ausente, el sentido común dejó el lugar a la sed de poder y gloria, sin importar a cuántas halla que pisotear, cuántos tengan que morir.
Quiera Dios que la humanidad, nosotros, desde nuestro pequeño lugar en el mundo aprendamos a construir en amor, buscando el bien común y persiguiendo los ideales y los principios que hablan de fe, tolerancia y respeto.
Nuestro reconocimiento y recuerdo a todos los que dejaron sus vidas en las Islas Malvinas y a aquellos que volvieron e intentan seguir con sus vidas aquí, entre nosotros, luchando muchas veces con la indiferencia de un sistema que sólo los recuerda un 2 de abril.

Memoria sí... rencor no

Editorial del 26 de marzo de 2011

El jueves 24 de marzo se conmemoró en nuestro país  el Día Nacional de la memoria por la verdad y la justicia. Claro que en realidad para muchos simplemente fue el inicio de otro feriado largo o, como se denomina ahora, feriado puente: es decir la oportunidad que tienen algunos pocos de irse de minivacaciones. Lamentablemente esta nueva forma de feriados es una manera de banalizar una fecha que tendría que ser para la reflexión y el recuerdo.
La memoria es ese resorte que nos da identidad, que nos permite saber de dónde venimos para ayudarnos a construir hacia donde nos dirigimos. Sin memoria de lo que fuimos y de lo que logramos es difícil saber qué cosas nos hacen bien y cuáles nos lastiman. Es por eso que es necesario recordar para no volver a cometer los mismos errores. Tanto en lo personal como en lo nacional.
Nuestra historia como país está marcada por hechos traumáticos que nos tienen que enseñar. Los sucesivos golpes de estado, con la excusa de solucionar los errores de los gobiernos democráticos sólo trajeron caos y destrucción. Nunca la violencia, y menos la organizada desde el estado, trajo solución.
Muertes, aniquilación del que pensaba diferente, oscuridad, mentiras, ocultamiento de la verdad. No sólo miles de argentinos sufrieron pérdidas irreparables sino que nuestro país, económicamente hablando, fue destruido en todo su potencial.
Y todavía hay personas que reivindican los gobiernos militares diciendo que no había tanta violencia y que se podía salir a la calle, etc., etc. Parece que no se acuerdan, o no vivieron el miedo y el terror que  se sentía en el ambiente como una opresión que nos impedía ser realmente libres.
Esto sucedió, es cierto. Pero por supuesto que es importante, también, superar las diferencias y los sucesos del pasado y proyectarnos hacia adelante, al futuro. No podemos seguir anclados al pasado. La memoria tiene que funcionar como un resorte que nos impida cometer los errores, pero no como una mochila de rencores y rabias que de tan pesada no nos permita avanzar.
La justicia y la verdad deben ir acompañadas del perdón. Perdón que no significa dejar sin castigo a los responsables pero sí que nos permita dar una vuelta de página y dejar todos estos hechos en la historia, como recordatorios de lo que no tiene que volver a suceder. Nunca más.
"La memoria del justo es bendecida, mas el nombre de los malvados se pudrirá." (Libro de Proverbios)