domingo, 19 de junio de 2011

Detrás de las apariencias

Editorial del 18 de junio de 2011

En nuestro país estamos asistiendo a una serie de hechos que descubren la verdad detrás de las apariencias.

El candidato a presidente por la Unión Cívica Radical, Ricardo Alfonsín, después de que no se concretara la alianza con el socialista Hermes Binner acusó a este de tener miedo de ampliar el frente electoral. Hasta hacia unos días atrás el gobernador santafecino parecía el mejor hombre con quien realizar una alianza electoral. Su negativa a estar junto a De Narvaez lo colocó en la vereda de enfrente y, por lo tanto, había que empezar a pegarle.

Por su parte Hermes Binner, primero reacio a lanzar una candidatura presidencial, comenzó tratativas con el Gen de Margarita Stolbizer y el partido del cineasta Pino Solanas para presentar batalla en octubre. Todo parecía viento en popa, Solanas había dicho que el candidato era Binner. Pero cuando se tuvo que concretar la alianza y dar nombre al Frente, hubo desencuentros, con el nombre o con la convocatoria o con los hombres. En definitiva ahora Pino Solanas no está tan contento y el Frente Amplio, a poco de concretarse, ya se está rompiendo.

En el Inadi, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, faltó el ring para que el ex presidente del organismo, Claudio Morgado y su ex vicepresidente María Rachid, expusieran sus dotes boxísticas. Porque se dijeron de todo, se acusaron de malversar fondos, nombramientos irregulares, acoso a empleadas (por parte de la vicepresidenta) y, al  fin, de realizar un golpe institucional. O sea que, en el instituto que tiene que trabajar para no dividir están más divididos y peleados que nadie.

¿Qué está pasando entre los políticos y funcionarios de la Argentina? ¿Dónde quedó la humildad, el servicio, el respeto por el otro, el dejar a un lado los interes personales en pro del interés común y nacional?
Parece que quienes deben dirigirnos y administrar nuestros destinos como Nación están faltos de sentido común y madurez política.

Necesitamos hombres y mujeres que se respeten y respeten los cargos o funciones que ejercen, que busquen más el servicio en lugar de la gloria personal. Que busquen a Dios, fuente de toda razón y justicia, como reza el preámbulo de nuestra Constitución Nacional, para que los guíe y ayude a ser mejores. Por el bien de ellos y el de todos.

Héroes reales, no de barro

Editorial del 11 de junio de 2011

Nuestra  historia reciente, la de las últimas décadas, nos dejó sabores amargos y recuerdos difíciles de olvidar.
Como sociedad hemos asistido a la destrucción de la confianza y a la generalización de la confrontación como maneras de ser del ciudadano común.
Y aunque los años pasan y, como dice la canción, “nos vamos volviendo viejos”, parece que no hemos logrado crecer y superar ciertas posturas que no nos hicieron ni nos hacen bien.
Se dice, y lo creo, que debemos aprender de los errores, pero aprender no debe significar negar o destruir aquello en lo que nos equivocamos sino, precisamente, aprender, para mejorar, para avanzar, para superar.
Me parece que es un error seguir enfrascados en luchas que no llevan a nada, o por lo menos a nada bueno, sino a profundizar nuestra destrucción como personas y como sociedad.

Este es el caso de la guerra de Malvinas y los militares y todo lo que sucedió en ese tiempo. El hecho de que haya ocurrido durante un gobierno militar en donde hubo desaparición de personas y el ejercicio del poder represor del estado usado ilegalmente para destruir al otro, al que pensaba distinto, no significa que debemos borrar de nuestra vida como sociedad todo lo que esté teñido de “verde militar”.
Porque detrás de la locura de un gobierno que casi destruyó una generación de argentinos, había hombres, jóvenes, conscriptos y militares de carrera que, como todos los argentinos, deseaban recuperar esa porción de territorio austral que por tantos años hemos reclamado como nuestros.

Esos hombres que se entregaron a una guerra sin razón y sin posibilidades de triunfo, unos por convicción profesional y otros por obligación civil, todos esos hombres son parte de los héroes que, junto con San Martín, Belgrano y Cabral, forman parte de nuestra historia como nación independiente y soberana.

Un error no puede cegarnos y hacernos olvidar lo que sufrieron, lo que dejaron en esas tierras tan lejanas de nuestra ciudad pero tan cercanas en el sentimiento nacional.

¿Hasta cuándo vamos a seguir enfrascados en discusiones ideológicas y posturas extremas sin crecer, perdonar y continuar hacia adelante, como individuos y como Nación?

Aunque ya lo hemos dicho en este espacio, no creo que la frase “Ni olvido ni perdón” pueda ayudarnos a avanzar como sociedad. Sí a la justicia, no al resentimiento y a la venganza.

Para que muchas cosas sean distintas en nuestro país debemos superar, perdonar, reconocer y construir, juntos, una sociedad que sepa resaltar lo bueno y aprender de los errores. Pero aprender para avanzar y no para seguir revolviendo en la basura.

Dos caras, dos realidades

Editorial del 4 de junio de 2011



Aunque muchas veces lo neguemos, los seres humanos tenemos dos caras, dos maneras de ser, dos posturas definidas. Una es la pública, la conocida por todos, la que nos ponemos cunado estamos en el trabajo, en la escuela, cuando nos exponemos a los demás. Esa, generalmente, es agradable, afable, divertida, respetuosa, cuidada.
La otra, en la mayoría de los casos la verdadera, es la que tenemos cuando estamos puertas adentro de nuestro hogar. La actitud que tenemos con nuestra familia, cómo reaccionamos en la intimidad, nuestro vocabulario, nuestro rostro, no siempre tan divertido y simpático como el que mostramos a los demás.
Entonces, cuando suceden hechos tan dramáticos como el acaecido en nuestra ciudad días atrás, cuando un hombre fue literalmente incendiado, aparentemente por su esposa, nos preguntamos: ¿cómo es posible?
¿A quién se le ocurre prender fuego a su familia? ¿Qué resorte internos se activan para cometer tremenda locura? ¿Qué venía sucediendo en esa familia para que se llegara a ese desenlace?

Los hombres y mujeres de nuestro tiempo hemos decidido, sin expresarlo muchas veces con palabras, que la vida debe dividirse en dos. Una cosa es lo público, lo que todos saben de nosotros, y otra cosa es lo que vivimos en nuestro hogar. Y de la misma manera hemos echado a Dios de nuestras vidas interiores, de nuestra intimidad, y sólo le permitimos que se ocupe de que no nos pise un auto, que ninguno de nuestros hijos se enferme y que siempre tengamos trabajo. Pero le tenemos prohibido que entre en nuestra vida interior y que se ocupe de solucionar nuestros grandes bollos, nuestros problemas más profundos. A él, que nos conoce como nadie, le decimos no, no te metas, y preferimos el consejo de un amigo, de un profesional, pero no de aquel que nos dio la vida.

Y después, entonces, nos preguntamos ¿por qué pasan las cosas? ¿por qué tanta violencia?

Sin embargo la pregunta tendría que ser por qué nos hemos creído capaces de dirigir nuestra vida sin la ayuda de Dios, por qué somos tan autosuficientes de pensar que podemos solos con nuestros problemas interiores. Por qué allí, en nuestro interior, nacen nuestros profundos conflictos o nuestras grandes victorias. En nuestro corazón, desde donde fluye la vida, comienzan o terminan nuestros problemas.

Una vez más la decisión es nuestra. Vivir por nuestra cuenta o pedir ayuda a la persona indicada.
Quizás es necesario que aprendamos de los más pequeños y que como ellos, miremos a nuestro Padre y le digamos “Por favor, ayúdame, te necesito”. Seguro que ahí comenzarán las soluciones para nuestros más profundos problemas.

Volviendo a las fuentes

Editorial del 28 de mayo de 2011

¿Y si volvemos a los tiempos donde los juegos eran las figuritas, las bolitas o la payana? Pero no por los juegos en sí, en definitiva eran juegos y nada más, sino que me refiero a ese tiempo, a ese momento social donde las cosas eran mucho más sencillas y en donde todavía la inocencia era un bien preciado y resguardado.
Hoy, sin embargo, todo es rápido, no hay espera, no hay respeto por los tiempos, por los grados de desarrollo, no hay identidad.
Porque la sociedad y su cultura quieren imponer la idea de que todos deben ser iguales, vivir las cosas al mismo tiempo, experimentar con lo mismo y, al final, sentir las mismas frustraciones y las mismas depresiones. No se permite que el otro sea diferente y, si lo es, ¡pobrecito!
Los tiempos donde se jugaba a las escondidas eran tiempos donde los niños éramos tales hasta avanzada la adolescencia. No había estímulos externos (entiéndase medios de comunicación masiva, nuevas tecnologías) que se metieran en nuestras vidas para robarnos la esencia de ser niños: la inocencia.
Se podía vivir tranquilos sin tener que ser sexualmente activos antes del matrimonio porque si no, éramos unos tantos, unos mojigatos. Eran otros tiempos, se vivía más despacio, más acorde con los tiempos de nuestro desarrollo intelectual.
Como padres que vivimos en este siglo 21, nos preocupa que nuestros hijos puedan seguir siendo niños el tiempo que deban serlo, que puedan disfrutar un tiempo que no volverá, un espacio en sus vidas que es único e irrepetible, y que les pertenece, y que debemos pelear porque nada ni nadie se los arranque.
Me pueden decir que los tiempos han cambiado, que ahora los chicos y las chicas son distintos, que viven de una manera más libre, más desinhibida, sin prejuicios.
Y es cierto, pero creo que a pesar de eso, y usando los beneficios que pueden surgir de esa manera de ver la vida distinta a como la veíamos nosotros cuando fuimos chicos, es necesario volver a sentar las bases de una sociedad más inocente y menos “despierta”.
Porque si miramos el resultado de esta nueva manera de entender el desarrollo de las personas y su evolución como personas, encontramos jóvenes y niños que destruyen sus infancias por comenzar a probar aquello que está diseñado para otro fin. Hoy tener relaciones sexuales es parte de lo que nuestra cultura impone como necesario para ser alguien, para ser parte de la manada, sin embargo no queremos darnos cuenta que la manada, así como va, se dirige al despeñadera, directa a su destrucción.
¿Qué estamos buscando como padres, madres, dirigentes, docentes, gobernantes? ¿Hacia donde queremos llevar a las nuevas generaciones? ¿Buscamos más abortos adolescentes con las consecuencias que esto implica? ¿Queremos infancias destruídas, niños y niñas que se convierten en padres sin saber qué hacer con esa nueva criatura que está en sus manos? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que nos hemos equivocado y que necesitamos realizar un cambio?
Nuestra sociedad está llena de personas que son ciegos, guíando a otros ciegos, que no saben de dónde vienen ni a donde van.
Todavía estamos a tiempo de volver a empezar. Debemos volver a las fuentes.