Editorial del 28 de mayo de 2011
¿Y si volvemos a los tiempos donde los juegos eran las figuritas, las bolitas o la payana? Pero no por los juegos en sí, en definitiva eran juegos y nada más, sino que me refiero a ese tiempo, a ese momento social donde las cosas eran mucho más sencillas y en donde todavía la inocencia era un bien preciado y resguardado.
Hoy, sin embargo, todo es rápido, no hay espera, no hay respeto por los tiempos, por los grados de desarrollo, no hay identidad.
Porque la sociedad y su cultura quieren imponer la idea de que todos deben ser iguales, vivir las cosas al mismo tiempo, experimentar con lo mismo y, al final, sentir las mismas frustraciones y las mismas depresiones. No se permite que el otro sea diferente y, si lo es, ¡pobrecito!
Los tiempos donde se jugaba a las escondidas eran tiempos donde los niños éramos tales hasta avanzada la adolescencia. No había estímulos externos (entiéndase medios de comunicación masiva, nuevas tecnologías) que se metieran en nuestras vidas para robarnos la esencia de ser niños: la inocencia.
Se podía vivir tranquilos sin tener que ser sexualmente activos antes del matrimonio porque si no, éramos unos tantos, unos mojigatos. Eran otros tiempos, se vivía más despacio, más acorde con los tiempos de nuestro desarrollo intelectual.
Como padres que vivimos en este siglo 21, nos preocupa que nuestros hijos puedan seguir siendo niños el tiempo que deban serlo, que puedan disfrutar un tiempo que no volverá, un espacio en sus vidas que es único e irrepetible, y que les pertenece, y que debemos pelear porque nada ni nadie se los arranque.
Me pueden decir que los tiempos han cambiado, que ahora los chicos y las chicas son distintos, que viven de una manera más libre, más desinhibida, sin prejuicios.
Y es cierto, pero creo que a pesar de eso, y usando los beneficios que pueden surgir de esa manera de ver la vida distinta a como la veíamos nosotros cuando fuimos chicos, es necesario volver a sentar las bases de una sociedad más inocente y menos “despierta”.
Porque si miramos el resultado de esta nueva manera de entender el desarrollo de las personas y su evolución como personas, encontramos jóvenes y niños que destruyen sus infancias por comenzar a probar aquello que está diseñado para otro fin. Hoy tener relaciones sexuales es parte de lo que nuestra cultura impone como necesario para ser alguien, para ser parte de la manada, sin embargo no queremos darnos cuenta que la manada, así como va, se dirige al despeñadera, directa a su destrucción.
¿Qué estamos buscando como padres, madres, dirigentes, docentes, gobernantes? ¿Hacia donde queremos llevar a las nuevas generaciones? ¿Buscamos más abortos adolescentes con las consecuencias que esto implica? ¿Queremos infancias destruídas, niños y niñas que se convierten en padres sin saber qué hacer con esa nueva criatura que está en sus manos? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que nos hemos equivocado y que necesitamos realizar un cambio?
Nuestra sociedad está llena de personas que son ciegos, guíando a otros ciegos, que no saben de dónde vienen ni a donde van.
Todavía estamos a tiempo de volver a empezar. Debemos volver a las fuentes.
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