domingo, 19 de junio de 2011

Dos caras, dos realidades

Editorial del 4 de junio de 2011



Aunque muchas veces lo neguemos, los seres humanos tenemos dos caras, dos maneras de ser, dos posturas definidas. Una es la pública, la conocida por todos, la que nos ponemos cunado estamos en el trabajo, en la escuela, cuando nos exponemos a los demás. Esa, generalmente, es agradable, afable, divertida, respetuosa, cuidada.
La otra, en la mayoría de los casos la verdadera, es la que tenemos cuando estamos puertas adentro de nuestro hogar. La actitud que tenemos con nuestra familia, cómo reaccionamos en la intimidad, nuestro vocabulario, nuestro rostro, no siempre tan divertido y simpático como el que mostramos a los demás.
Entonces, cuando suceden hechos tan dramáticos como el acaecido en nuestra ciudad días atrás, cuando un hombre fue literalmente incendiado, aparentemente por su esposa, nos preguntamos: ¿cómo es posible?
¿A quién se le ocurre prender fuego a su familia? ¿Qué resorte internos se activan para cometer tremenda locura? ¿Qué venía sucediendo en esa familia para que se llegara a ese desenlace?

Los hombres y mujeres de nuestro tiempo hemos decidido, sin expresarlo muchas veces con palabras, que la vida debe dividirse en dos. Una cosa es lo público, lo que todos saben de nosotros, y otra cosa es lo que vivimos en nuestro hogar. Y de la misma manera hemos echado a Dios de nuestras vidas interiores, de nuestra intimidad, y sólo le permitimos que se ocupe de que no nos pise un auto, que ninguno de nuestros hijos se enferme y que siempre tengamos trabajo. Pero le tenemos prohibido que entre en nuestra vida interior y que se ocupe de solucionar nuestros grandes bollos, nuestros problemas más profundos. A él, que nos conoce como nadie, le decimos no, no te metas, y preferimos el consejo de un amigo, de un profesional, pero no de aquel que nos dio la vida.

Y después, entonces, nos preguntamos ¿por qué pasan las cosas? ¿por qué tanta violencia?

Sin embargo la pregunta tendría que ser por qué nos hemos creído capaces de dirigir nuestra vida sin la ayuda de Dios, por qué somos tan autosuficientes de pensar que podemos solos con nuestros problemas interiores. Por qué allí, en nuestro interior, nacen nuestros profundos conflictos o nuestras grandes victorias. En nuestro corazón, desde donde fluye la vida, comienzan o terminan nuestros problemas.

Una vez más la decisión es nuestra. Vivir por nuestra cuenta o pedir ayuda a la persona indicada.
Quizás es necesario que aprendamos de los más pequeños y que como ellos, miremos a nuestro Padre y le digamos “Por favor, ayúdame, te necesito”. Seguro que ahí comenzarán las soluciones para nuestros más profundos problemas.

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