sábado, 27 de agosto de 2011

El derrumbe de los modelos



Editorial del 27 de agosto de 2011

Si dejamos de mirar un poco nuestro ombligo y levantamos la mirada vamos a poder ver que estamos asistiendo a un nuevo derrumbe de los modelos. No es el primero en la historia de nuestro mundo, pero este nos toca de cerca y lo podemos seguir  gracias a las nuevas tecnologías de la información.

Sin ir más lejos  tenemos a nuestros vecinos chilenos. Allí se desató una puja en contra del sistema educativo, que enfrenta a gobierno y pueblo, en busca de mejoras e igualdad para todos. La lucha ya tomó ribetes fatales con la muerte de un adolescente de 14 años en medio de las protestas.
Y entonces el modelo económico y social de Chile parece no ser tan modelo y comienza a mostrar sus graves falencias.

Pero señalo Chile como ejemplo aunque podría nombrar otros casos a nivel mundial, que de la misma manera están demostrando que no hay modelo único e infalible. Todos, en mayor o menor medida, tienen fallas y pueden caerse en cualquier momento.

Entonces muchos se preguntan cuál es el modelo que resiste al tiempo, a  los avatares de la economía y los cambios de gobierno. Cuál es la manera de vivir que nos garantice estabilidad en medio de las crisis.

No conozco de política o de economía, de qué puede hacer un país para salir de la crisi, pero si conozco un modelo que puede ayudar al hombre, a la persona, a las familias, a los jóvenes y a los mayores. Conozco un modelo que sobrevivió a muchos intentos de destrucción, que superó gobiernos dictatoriales que buscaron de muchas formas someterlo o quitarle valor.

Un modelo que en medio de la mayor opresión o persecución pudo sobrevivir y salir victorioso, demostrando que la vida no consiste en los bienes que se posee; una manera de ver la vida que nos enseña que no es necesario pisar a los demás para ser el primero sino que es mejor servir porque, “el que no vive para servir no sirve para vivir”.

Un modelo que nos lleva a perdonar, a no guardar rencor, a romper con nuestro orgullo que dice “yo no lo voy a perdonar jamás” y poner por delante de nuestras vidas el precepto que dice “mientras dependa de ustedes estén en paz con todos”. Un modelo que está dispuesto a dar su vida por los demás porque esa es la manera en que fue enseñado.

Este modelo no fue promulgado por ninguna Constitución ni ningún Congreso, no estuvo en la plataforma electoral de ningún partido ni en el discurso de ningún presidente. No fue tampoco el mensaje de ningún revolucionario aunque haya algunos que crean, equivocadamente, que así fue.

Este modelo, el modelo del amor a Dios, de la obediencia a su voluntad, del amor, del arrepentimiento de nuestros malas acciones, del amor a todos los hombres, el modelo de la humildad, del despojo, de mirar a los demás no por su apariencia externa sino por lo que hay en su corazón, este modelo es el que nos enseñó Jesús.

Es el modelo por el que él dio su vida, no para ser un informe en los noticieros más famosos sino para que nosotros podamos tener un estilo de vida diferente: un modelo de vida que no se cae, que no se derrumba y que puede soportar cualquier tormenta.

Regalando con sabiduría



Editorial del 20 de agosto de 2011

Este fin de semana largo viene con un componente especial: festejamos el Día del niño. Claro que no es en la fecha habitual debido a las elecciones primarias de la semana pasada. Y cómo será algo netamente comercial que hasta por un hecho político lo cambiaron de día para, supongo, favorecer el consumo.

Porque lamentablemente de esto se trata: de consumo. No de la felicidad de los niños ni de la oportunidad de que la familia esté junta, sino de pesos, ganancias, compras y ventas. Pero eso sí, todo adornado con “la sonrisa de los niños”.

Entonces las publicidades hablan de los mejores regalos para darles a nuestros hijos, sobrinos, nietos o ahijados, que precisamente no son una pelota o una bicicleta sino la play station, el último celular, las tabletas pad, y varios otros aparatos tecnológicos que deslumbran a nuestros infantes y destrozan los bolsillos de sus padres.

La ecuación pareciera ser: cuanto más caro y moderno, mayor felicidad. O peor aún: cuánto más costosos y sofisticados mejores padres somos, ante nuestros hijos y ante los demás. Porque en esto también es importante para muchos lo que los otros dicen, o cómo nos ven los demás o si los hijos de los demás tienen algo mejor que los nuestros.

Y en esta competencia por ser los primeros en todo, y demostrar muchas veces lo que no somos, queda relegado a un segundo o tercer lugar la felicidad de nuestros hijos. No se trata de un minuto de alegría sino de esa necesidad que nuestros hijos tienen de que todos los días estemos con ellos, compartiendo sus descubrimientos, sus intereses, sus juegos, sus conversaciones muchas veces incomprensibles. Porque ellos buscan nuestra mirada, nuestra atención, quieren que les llevemos el apunte y que nos ocupemos realmente de ellos y no que les llenemos de regalos caros y complicados.

Es cierto que en el momento se ponen contentos pero esto es también resultado de lo que nosotros hemos conseguido: les hemos enseñado que se es feliz cuando tenemos más en lugar de demostrarles que la verdadera felicidad pasa por el afecto, el abrazo, el interés y por el tremendo milagro de tenernos unos a otros.

¿Qué personas estamos formando para el mañana? ¿Cuáles son los valores que les inculcamos como los más importantes para la vida? Aún en un simple regalo o en una actitud les demostramos lo que pensamos y lo que esperamos de ellos. Los adultos, los padres o quienes estemos a cargo de menores somos el reflejo en el cuál ellos se ven y a través de quienes ven la vida con sus valores y disvalores.

Es bueno regalar y más aún a un niño, pero es mejor y más importante enseñarles que la vida no pasa por tener lo último y lo más caro sino en disfrutar de las cosas que tienen que ver con el amor, el afecto, el interés por el otro. Las relaciones son más importantes que cualquier regalo. Cambiemos nuestra manera de pensar para que comience a cambiar nuestra vida.

Buscando ayuda en el lugar indicado



Editorial del 13 de agosto de 2011

En Londres, capital de Gran Bretaña, reina una tensa calma. Después de los graves incidentes ocurridos como consecuencia de una marcha que protestaba pacíficamente por la confusa muerte de un joven a manos de la policía, y con 16.000 agentes que mantienen blindada la ciudad, los ciudadanos temen que esto vuelva a comenzar. Robos, destrozos y muerte en las ciudades más importantes del otrora Imperio británico.

En Chile ya lleva tres meses el conflicto que enfrenta a estudiantes con el gobernó. “Llamas, barricadas, piedras y gases lacrimógenos” son el pan de las últimas semanas en medio de un reclamo de reforma educativa donde los estudiantes piden educación pública de calidad, la gratuidad progresiva y el fin del lucro en la enseñanza de colegios y universidades.

En España todavía se escucha sobre los indignados en medio de una de las peores crisis económicas que haya vivido la península, con gran cantidad de desocupados y donde, como en varios países del resto de Europa, se terminó la vida cómoda y sin sobresaltos económicos.

Y en medio de todo esto, los jóvenes, de 18, 20, 25 años, quienes son parte y protagonistas de los distintos reclamos en busca de un presente y un futuro mejor. Es cierto que también están los otros, los que aprovechan la oportunidad para robar, destruír y matar, allá como acá, siempre están.

Pero la mirada es sobre qué está pasando en nuestro mundo tan comunicado y globalizado, qué está pasando en las grandes economías que non pueden seguir manteniendo el nivel de vida que vienen llevando desde hace tantos años. ¿Será que aún las certezas económicas de bienestar y progreso no son tan ciertas? ¿Estaremos frente a un cambio de paradigmas, de manera de pensar y ver la vida, donde comienza a ser más importante mirar al hombre, al ser humano, a sus necesidades y comenzar a gobernar para todos y no sólo para unos pocos?

¿Será también que los argentinos tenemos que aprender y debemos a comenzar las bases de nuestra vida, de nuestra familia en cuestiones menos economicistas y más profundas?
¿Pueden los gobiernos, del signo o ideología política que sean darnos respuestas cabales a todos estas situaciones? ¿No será que deberíamos empezar a buscar más ayuda de arriba y un poco menos de acá abajo?

Me preocupa el hombre, el joven y el adulto, la ama de casa y la profesional, el argentino, el español o el inglés. Si todos por igual, porque todos estamos buscando respuestas a los problemas y las cuestiones trascendentes de nuestra existencia.
Algunos de entusiasman y quedan perplejos ante los espejitos de colores, otros buscamos en lo profundo de nuestro espíritu para comenzar un verdadero cambio.
Pero todos necesitamos algo y alguien. Todos necesitamos a Dios.

¿Quién domina tu vida?


Editorial del 6 de agosto de 2011

Este 2011 es un año electoral por excelencia. Los argentinos estamos eligiendo a las autoridades que nos gobernarán en los ámbitos locales, provinciales y nacionales, como también a quienes se encargarán de legislar, dar forma a las leyes que van a regir nuestra vida en sociedad.
Sin duda los temas sobre el gobierno, la autoridad, las leyes y las normas son los ejes donde giran muchas de las informaciones y temas de conversación.

Y pensando en esto se me ocurrió mirar para adentro, a cada uno de nosotros como personas, como individuos que conformamos esta sociedad pero, que primero, somos seres independientes con una determinada manera de pensar que influye en nuestra manera de actuar. Y preguntarme “quién gobierna nuestra vida”.

Porque es en nuestra manera de actuar en donde se ve quién o qué gobierna en nuestra vida. Por cómo nos comportamos, las cosas que hacemos y las que no hacemos señalan fuertemente quién es el gobernante en nuestra vida.

A veces se trata de la pasión, o del egoísmo, o también de la razón o de la generosidad. Muchas veces vemos personas a quienes sólo les importa ganar dinero y tener cada día más, y solamente hablan de lo que tienen, de lo que pudieron o van a comprar. Todo en su vida tiene un signo “pesos”.

Pero también hay personas que viven atemorizadas por la violencia que se ve en nuestra sociedad y que los medios de comunicación se encargan de mostrar, recordar y a veces agrandar. Entonces casi ni salen de su casa ni permiten que sus hijos se muevan con libertad. Le tienen miedo a todo y temen por todo.

Y aunque parezca mentira también hay personas que viven preocupadas por los demás, por los que menos tienen, por los que pasan frío, por los que no tienen para comer. Personas que entendieron que no sirve vivir para uno mismo sin mirar al que está a su lado. Sin embargo, en su afán por ayudar muchas veces se olvidan de sí mismos, de sus necesidades, y descuidan su salud, su alimentación o su presentación. Y al final, cuando ven que la sociedad no comparte ni acompaña sus preocupaciones caen en depresión o abandonan su cruzada dejando en el olvido su buena actitud.

Cada una de estas actitudes, y muchas otras, muestran quien gobierna nuestras vidas. Porque aunque muchos se creen muy autosuficientes y sostienen que ellos son sus propios dueños, la verdad es que todos, de una o de otra manera, respondemos a un determinado gobierno en nuestras vidas.

“Todo hombre es esclavo de aquello que lo domina”. Esta verdad fue escrita por un hombre que en una etapa de su vida se dejó gobernar por su carácter impulsivo, el que lo llevó a negar lo que más amaba.

¿Qué domina mi vida? ¿Quién domina mi forma de actuar, de pensar, de vivir? Es un error pensar que somos totalmente independientes porque siempre hay una autoridad superior sobre nosotros. El punto es saber a quién le estoy entregando el control de toda mi existencia, de mi presente y de mi futuro. No es poca cosa para dejarlo librado al azar.

A votar

Editorial del 23 de julio de 2011


Estamos en veda electoral. Mañana vamos por la segunda de las cuatro elecciones que tocará realizar este año, y esta vez será el turno de que elijamos a nuestro futuro gobernador, diputados y senadores provinciales, intendente y concejales.

Una vez más se pone en juego la necesidad de pensar, ser responsables, pensar y proyectar el tipo de ciudad y de provincia que queremos para los próximos cuatro años. Muchos, como pasa en todas las elecciones, están tan desilusionados que no le creen a nadie y por lo tanto o tienen una gran incógnita sobre su voto o, directamente y en el peor de los casos, no piensan ir a votar.
Pero es nuestra responsabilidad y nuestro privilegio y no podemos dejar que otros elijan por nosotros.

Es cierto que muchas veces la sensación que tenemos es que sirve para muy poco pues, una vez en el poder, se olvidan de lo que prometen en campaña y hacen lo que quieren o lo que les conviene. Pero creo que el ejercicio democrático y la profundización de la educación en este tema hará que cada vez más los políticos sientan que tienen que darnos cuenta de lo que hacen pues nosotros los pusimos en ese lugar y les pagamos el sueldo. Sí, y aunque no les guste a muchos, son servidores de los ciudadanos (para no decir que son nuestros empleados) y deben ejercer con dignidad y responsabilidad su función.

Lamentablemente todavía hoy, con la historia que tuvimos en términos de gobiernos militares, hay personas que se preguntan si la democracia sirve. Puede tener muchos errores, pero es el mejor sistema de gobierno y debemos defenderlo en contra de cualquier esfuerzo por denostarlo. Por eso tenemos que participar con responsabilidad.

Y después vendrá el tiempo de dejar que los elegidos hagan su trabajo, controlarlos, pedirles cuentas y exigirles que cumplan con lo prometido. Es parte de nuestro trabajo como ciudadanos.
Personalmente espero que tengan en cuenta que vamos a estar observando lo que hacen y que al final de cuentas, y aunque cambien el tipo de juramento, Dios y la patria les pedirán cuentas.

¿Es todo lo mismo?


Editorial del 16 de julio de 2011

“A mí, todo me da igual”. “Todo vale”. “Todo es lo mismo”. “No hay nada absoluto, todo es relativo”.
En estas frases encontramos parte de la manera de pensar de muchas personas en nuestra sociedad. Para muchos todo está bien en la medida que te haga bien, o como otros dicen, “mientras no le hagas mal a nadie, está todo bien”.

Sin embargo este tipo de pensamiento y, por lo tanto, de manera de vivir, saca a la luz un problema de base y fundamental: ya no hay principios. Las personas, los seres individuales que habitamos esta sociedad y, por ende, las familias, ese núcleo social esencial, no respetan ningún tipo de norma o idea fundamental que los rija y ponga bases para su desarrollo.

Entonces, como todo está bien, da lo mismo que un hombre se case con otro hombre o una mujer con otra mujer, da lo mismo que se legalice la droga, que se permita por ley el asesinato del niño por nacer, que habilitemos la muerte de aquellos que sufren, o que en las escuelas les enseñen a nuestros hijos en contra de lo que nosotros, sus padres, pensamos y creemos.

Todo está bien, todo es lo mismo, da todo igual. Pero… ¿es así realmente?

¿Hacia dónde marchamos como sociedad sin ningún principio o norma fundamental que nos indique cómo tienen que ser las cosas? ¿Dónde está la razón fundamental de la vida y, por lo tanto, el porqué de nuestra existencia sobre esta tierra?

El secularismo y el humanismo han querido desplazar del centro de la historia al creador del hombre, diciendo que nosotros podemos hacer las cosas solos, que nos valemos por nosotros mismos. O, poniendo el ojo en los errores de las instituciones humanas, han querido desautorizar a Dios y la fe en él, como principios indispensables para el cambio.

Pero Dios no es una institución, ni una religión, ni una forma de pensar, ni una larga lista de mandatos. Dios es vida y pretende que esa vida la tengamos nosotros para que, de esa manera, podamos conformar una sociedad sana, equilibrada, justa y digna, donde dé guste vivir y criar a nuestros hijos.

Todavía es posible hacer la diferencia. Todavía es posible volver a la fuente y darle un sentido y un propósito a nuestra vida. Yo creo que hay principios por lo cuáles vale la pena vivir, y por lo cuáles muchos estamos dispuestos a dar la vida.

Reconociendo nuestra necesidad


Editorial del 2 de julio de 2011

El jueves de esta semana los presidentes de Argentina y Bolivia inauguraron el gasoducto Juana Azurduy que beneficiará a más de tres millones y medio de argentinos en el noreste de nuestro país. Una obra de integración entre dos países hermanos de Latinoamérica que beneficia a ambas naciones.
Pero más allá de los anuncios políticos o coyunturales, y de las palabras que los mandatarios pudieron decir en medio de un acto protocolar, es para destacar la actitud del presidente boliviano Evo Morales.
Mientras los argentinos estamos acostumbrados a escuchar a nuestros dirigentes hablar de su capacidad y de los logros que han realizado o piensan concretar, Morales se mostró como un presidente humilde, sencillo, sin falsas modestias, a quien no le tiembla nada cuando tiene que reconocer y agradecer la ayuda y el apoyo que recibió en distintas situaciones difíciles que le tocó atravesar.
Evo Morales no dejó de destacar la ayuda de la Argentina en materia económica y política, destacando lo bien que le hace a la región estas actitudes.

Qué saludable es que la máxima autoridad de un país pueda dar las gracias, pueda decir que en aquello que se había convertido en un problema, recibió ayudar para superarlo y avanzar. Sin decirlo expresó que en esos temas no podían salir solos y que necesitaron, y aceptaron, la ayuda de otros.

Cómo nos cuesta pedir ayuda, y recibirla cuando nos la quieren dar. Cómo nos cuesta mostrarnos débiles en aquellas áreas en las que así somos. Le tememos tanto al “qué dirán” que creamos alrededor de nosotros una coraza que nos hace invencibles, intocables. Pero la realidad es otra, es aquella que vivimos cuando se cierran las puertas y estamos solos en nuestra intimidad, y no podemos hacer otra cosa que llorar porque no podemos más.

Reconocer nuestra necesidad es el primer paso para encontrar la solución, para recibir ayuda y salir del pozo en el que estamos. A esto se refirió Jesús cuando declaró: “Bienaventurados los pobres en espíritu”. No hablaba de cuestiones económicas sino de aquellos que puedan reconocer que son débiles, que necesitan ayuda, que necesitan a Dios.

¿Cuándo será el día en que reconozcamos, sinceramente, que nos sentimos desprotegidos y que necesitamos de aquel  que nos dio la vida para seguir viviendo? Ojalá que sea pronto.

Comencemos a vivir la verdadera comunión


Editorial del 25 de junio de 2011

Se está presentando en Buenos Aires, en el Luna Park, un nuevo espectáculo de la compañía Fuerza Bruta, el grupo de artistas que fue más conocido en la celebración del bicentenario, también en la ciudad de buenos Aires, donde hombres y mujeres se mecían sostenidos por cuerdas, trepaban, iban de un lado a otro, mostrando de una manera distinta el arte.
Dicen, los que asistieron a las funciones de este espectáculo, que la presentación logra generar una especie de comunión entre artistas y público, un sentimiento y realidad perdios en nuestra sociedad.
Y me quedé pensando en eso de la comunión.
Según el diccionario Comunión significa, primeramente, participación en lo común. O sea, ser parte de algo que nos une, que nos da identidad a todos, que rompe las barreras de separación y nos permite participar con el otro, sin importar las diferencias que puedan existir en otros ámbitos.
Para muchos hay una especie de comunión en lo futbolístico, cuando unen sus pasiones hacia un equipo y juntos, casi sintiendo las mismas cosas, caminan alegrándose o sufriendo por los resultados deportivos. Claro que muchas veces esa comunión se rompe, y la furia y la violencia rompen y destruyen lo que pudo existir de común.
Lo mismo sucede en lo político, en lo ideológico, en definitiva en todas aquellas cosas que generan pasiones, fuertes sentimientos, y que tocan lo más íntimo en nosotros.

En un comentario sobre el espectáculo de Fuerza bruta, el cronista hablaba de una especie de comunión tribal que generaba la puesta, uniendo, casi en un mismo, movimiento, al que se presentaba y a los espectadores, quienes son mojados, empujados y deben agacharse para que los artistas no los toquen cuando sobrevuelan sobre sus cabezas. Y el periodista se refería a esa comunión que se había perdido.

Y me quedé pensando, pero ahora no en la palabra comunión, sino en la realidad, en el hecho social de que cada uno está en la suya, cada uno vive su vida, y que muchas veces no compartimos nada con el otro, tenemos poco en común. Y a veces lo común es estar en un ambiente ruidoso, donde lo que prima es el ruido, y la falta de comunicación. Pero a eso le llaman tener algo en común. ¿Será eso la comunión que nos hace falta como sociedad.

Me inclino más a pensar que lo que necesitamos es escucharnos más, prestar atención al otro, a lo que dice y quiere decir con sus actos, con sus gestos. A empezar a escuchar antes de hablar, a ocuparnos no sólo de lo que me pasa sino de lo que le pasa al otro. A interesarnos por el bien común y no solamente el bien personal.

Y también, como punta pie inicial para que todo lo otro pueda ser real, a comenzar o renovar nuestra comunión, ese hecho de tener algo en común, con Dios, quien nos creó para eso, para que participemos de sus cosas, de su vida, de sus principios, de sus verdades. Que aprendamos a amar lo que él ama y mirar la vida desde la perspectiva de él. Para entonces sí, poder compartir con él nuestra vida y, de su mano, compartir con los otros, con el que está al lado mío, y llegar a tener comunión. Pero no solo en un hecho cultural, sino en la vida misma, en la realidad de todos los días.