Editorial del 25 de junio de 2011
Se está presentando en Buenos Aires, en el Luna Park, un nuevo espectáculo de la compañía Fuerza Bruta, el grupo de artistas que fue más conocido en la celebración del bicentenario, también en la ciudad de buenos Aires, donde hombres y mujeres se mecían sostenidos por cuerdas, trepaban, iban de un lado a otro, mostrando de una manera distinta el arte.
Dicen, los que asistieron a las funciones de este espectáculo, que la presentación logra generar una especie de comunión entre artistas y público, un sentimiento y realidad perdios en nuestra sociedad.
Y me quedé pensando en eso de la comunión.
Según el diccionario Comunión significa, primeramente, participación en lo común. O sea, ser parte de algo que nos une, que nos da identidad a todos, que rompe las barreras de separación y nos permite participar con el otro, sin importar las diferencias que puedan existir en otros ámbitos.
Para muchos hay una especie de comunión en lo futbolístico, cuando unen sus pasiones hacia un equipo y juntos, casi sintiendo las mismas cosas, caminan alegrándose o sufriendo por los resultados deportivos. Claro que muchas veces esa comunión se rompe, y la furia y la violencia rompen y destruyen lo que pudo existir de común.
Lo mismo sucede en lo político, en lo ideológico, en definitiva en todas aquellas cosas que generan pasiones, fuertes sentimientos, y que tocan lo más íntimo en nosotros.
En un comentario sobre el espectáculo de Fuerza bruta, el cronista hablaba de una especie de comunión tribal que generaba la puesta, uniendo, casi en un mismo, movimiento, al que se presentaba y a los espectadores, quienes son mojados, empujados y deben agacharse para que los artistas no los toquen cuando sobrevuelan sobre sus cabezas. Y el periodista se refería a esa comunión que se había perdido.
Y me quedé pensando, pero ahora no en la palabra comunión, sino en la realidad, en el hecho social de que cada uno está en la suya, cada uno vive su vida, y que muchas veces no compartimos nada con el otro, tenemos poco en común. Y a veces lo común es estar en un ambiente ruidoso, donde lo que prima es el ruido, y la falta de comunicación. Pero a eso le llaman tener algo en común. ¿Será eso la comunión que nos hace falta como sociedad.
Me inclino más a pensar que lo que necesitamos es escucharnos más, prestar atención al otro, a lo que dice y quiere decir con sus actos, con sus gestos. A empezar a escuchar antes de hablar, a ocuparnos no sólo de lo que me pasa sino de lo que le pasa al otro. A interesarnos por el bien común y no solamente el bien personal.
Y también, como punta pie inicial para que todo lo otro pueda ser real, a comenzar o renovar nuestra comunión, ese hecho de tener algo en común, con Dios, quien nos creó para eso, para que participemos de sus cosas, de su vida, de sus principios, de sus verdades. Que aprendamos a amar lo que él ama y mirar la vida desde la perspectiva de él. Para entonces sí, poder compartir con él nuestra vida y, de su mano, compartir con los otros, con el que está al lado mío, y llegar a tener comunión. Pero no solo en un hecho cultural, sino en la vida misma, en la realidad de todos los días.
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