sábado, 27 de agosto de 2011

¿Es todo lo mismo?


Editorial del 16 de julio de 2011

“A mí, todo me da igual”. “Todo vale”. “Todo es lo mismo”. “No hay nada absoluto, todo es relativo”.
En estas frases encontramos parte de la manera de pensar de muchas personas en nuestra sociedad. Para muchos todo está bien en la medida que te haga bien, o como otros dicen, “mientras no le hagas mal a nadie, está todo bien”.

Sin embargo este tipo de pensamiento y, por lo tanto, de manera de vivir, saca a la luz un problema de base y fundamental: ya no hay principios. Las personas, los seres individuales que habitamos esta sociedad y, por ende, las familias, ese núcleo social esencial, no respetan ningún tipo de norma o idea fundamental que los rija y ponga bases para su desarrollo.

Entonces, como todo está bien, da lo mismo que un hombre se case con otro hombre o una mujer con otra mujer, da lo mismo que se legalice la droga, que se permita por ley el asesinato del niño por nacer, que habilitemos la muerte de aquellos que sufren, o que en las escuelas les enseñen a nuestros hijos en contra de lo que nosotros, sus padres, pensamos y creemos.

Todo está bien, todo es lo mismo, da todo igual. Pero… ¿es así realmente?

¿Hacia dónde marchamos como sociedad sin ningún principio o norma fundamental que nos indique cómo tienen que ser las cosas? ¿Dónde está la razón fundamental de la vida y, por lo tanto, el porqué de nuestra existencia sobre esta tierra?

El secularismo y el humanismo han querido desplazar del centro de la historia al creador del hombre, diciendo que nosotros podemos hacer las cosas solos, que nos valemos por nosotros mismos. O, poniendo el ojo en los errores de las instituciones humanas, han querido desautorizar a Dios y la fe en él, como principios indispensables para el cambio.

Pero Dios no es una institución, ni una religión, ni una forma de pensar, ni una larga lista de mandatos. Dios es vida y pretende que esa vida la tengamos nosotros para que, de esa manera, podamos conformar una sociedad sana, equilibrada, justa y digna, donde dé guste vivir y criar a nuestros hijos.

Todavía es posible hacer la diferencia. Todavía es posible volver a la fuente y darle un sentido y un propósito a nuestra vida. Yo creo que hay principios por lo cuáles vale la pena vivir, y por lo cuáles muchos estamos dispuestos a dar la vida.

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