sábado, 27 de agosto de 2011

El derrumbe de los modelos



Editorial del 27 de agosto de 2011

Si dejamos de mirar un poco nuestro ombligo y levantamos la mirada vamos a poder ver que estamos asistiendo a un nuevo derrumbe de los modelos. No es el primero en la historia de nuestro mundo, pero este nos toca de cerca y lo podemos seguir  gracias a las nuevas tecnologías de la información.

Sin ir más lejos  tenemos a nuestros vecinos chilenos. Allí se desató una puja en contra del sistema educativo, que enfrenta a gobierno y pueblo, en busca de mejoras e igualdad para todos. La lucha ya tomó ribetes fatales con la muerte de un adolescente de 14 años en medio de las protestas.
Y entonces el modelo económico y social de Chile parece no ser tan modelo y comienza a mostrar sus graves falencias.

Pero señalo Chile como ejemplo aunque podría nombrar otros casos a nivel mundial, que de la misma manera están demostrando que no hay modelo único e infalible. Todos, en mayor o menor medida, tienen fallas y pueden caerse en cualquier momento.

Entonces muchos se preguntan cuál es el modelo que resiste al tiempo, a  los avatares de la economía y los cambios de gobierno. Cuál es la manera de vivir que nos garantice estabilidad en medio de las crisis.

No conozco de política o de economía, de qué puede hacer un país para salir de la crisi, pero si conozco un modelo que puede ayudar al hombre, a la persona, a las familias, a los jóvenes y a los mayores. Conozco un modelo que sobrevivió a muchos intentos de destrucción, que superó gobiernos dictatoriales que buscaron de muchas formas someterlo o quitarle valor.

Un modelo que en medio de la mayor opresión o persecución pudo sobrevivir y salir victorioso, demostrando que la vida no consiste en los bienes que se posee; una manera de ver la vida que nos enseña que no es necesario pisar a los demás para ser el primero sino que es mejor servir porque, “el que no vive para servir no sirve para vivir”.

Un modelo que nos lleva a perdonar, a no guardar rencor, a romper con nuestro orgullo que dice “yo no lo voy a perdonar jamás” y poner por delante de nuestras vidas el precepto que dice “mientras dependa de ustedes estén en paz con todos”. Un modelo que está dispuesto a dar su vida por los demás porque esa es la manera en que fue enseñado.

Este modelo no fue promulgado por ninguna Constitución ni ningún Congreso, no estuvo en la plataforma electoral de ningún partido ni en el discurso de ningún presidente. No fue tampoco el mensaje de ningún revolucionario aunque haya algunos que crean, equivocadamente, que así fue.

Este modelo, el modelo del amor a Dios, de la obediencia a su voluntad, del amor, del arrepentimiento de nuestros malas acciones, del amor a todos los hombres, el modelo de la humildad, del despojo, de mirar a los demás no por su apariencia externa sino por lo que hay en su corazón, este modelo es el que nos enseñó Jesús.

Es el modelo por el que él dio su vida, no para ser un informe en los noticieros más famosos sino para que nosotros podamos tener un estilo de vida diferente: un modelo de vida que no se cae, que no se derrumba y que puede soportar cualquier tormenta.

Regalando con sabiduría



Editorial del 20 de agosto de 2011

Este fin de semana largo viene con un componente especial: festejamos el Día del niño. Claro que no es en la fecha habitual debido a las elecciones primarias de la semana pasada. Y cómo será algo netamente comercial que hasta por un hecho político lo cambiaron de día para, supongo, favorecer el consumo.

Porque lamentablemente de esto se trata: de consumo. No de la felicidad de los niños ni de la oportunidad de que la familia esté junta, sino de pesos, ganancias, compras y ventas. Pero eso sí, todo adornado con “la sonrisa de los niños”.

Entonces las publicidades hablan de los mejores regalos para darles a nuestros hijos, sobrinos, nietos o ahijados, que precisamente no son una pelota o una bicicleta sino la play station, el último celular, las tabletas pad, y varios otros aparatos tecnológicos que deslumbran a nuestros infantes y destrozan los bolsillos de sus padres.

La ecuación pareciera ser: cuanto más caro y moderno, mayor felicidad. O peor aún: cuánto más costosos y sofisticados mejores padres somos, ante nuestros hijos y ante los demás. Porque en esto también es importante para muchos lo que los otros dicen, o cómo nos ven los demás o si los hijos de los demás tienen algo mejor que los nuestros.

Y en esta competencia por ser los primeros en todo, y demostrar muchas veces lo que no somos, queda relegado a un segundo o tercer lugar la felicidad de nuestros hijos. No se trata de un minuto de alegría sino de esa necesidad que nuestros hijos tienen de que todos los días estemos con ellos, compartiendo sus descubrimientos, sus intereses, sus juegos, sus conversaciones muchas veces incomprensibles. Porque ellos buscan nuestra mirada, nuestra atención, quieren que les llevemos el apunte y que nos ocupemos realmente de ellos y no que les llenemos de regalos caros y complicados.

Es cierto que en el momento se ponen contentos pero esto es también resultado de lo que nosotros hemos conseguido: les hemos enseñado que se es feliz cuando tenemos más en lugar de demostrarles que la verdadera felicidad pasa por el afecto, el abrazo, el interés y por el tremendo milagro de tenernos unos a otros.

¿Qué personas estamos formando para el mañana? ¿Cuáles son los valores que les inculcamos como los más importantes para la vida? Aún en un simple regalo o en una actitud les demostramos lo que pensamos y lo que esperamos de ellos. Los adultos, los padres o quienes estemos a cargo de menores somos el reflejo en el cuál ellos se ven y a través de quienes ven la vida con sus valores y disvalores.

Es bueno regalar y más aún a un niño, pero es mejor y más importante enseñarles que la vida no pasa por tener lo último y lo más caro sino en disfrutar de las cosas que tienen que ver con el amor, el afecto, el interés por el otro. Las relaciones son más importantes que cualquier regalo. Cambiemos nuestra manera de pensar para que comience a cambiar nuestra vida.

Buscando ayuda en el lugar indicado



Editorial del 13 de agosto de 2011

En Londres, capital de Gran Bretaña, reina una tensa calma. Después de los graves incidentes ocurridos como consecuencia de una marcha que protestaba pacíficamente por la confusa muerte de un joven a manos de la policía, y con 16.000 agentes que mantienen blindada la ciudad, los ciudadanos temen que esto vuelva a comenzar. Robos, destrozos y muerte en las ciudades más importantes del otrora Imperio británico.

En Chile ya lleva tres meses el conflicto que enfrenta a estudiantes con el gobernó. “Llamas, barricadas, piedras y gases lacrimógenos” son el pan de las últimas semanas en medio de un reclamo de reforma educativa donde los estudiantes piden educación pública de calidad, la gratuidad progresiva y el fin del lucro en la enseñanza de colegios y universidades.

En España todavía se escucha sobre los indignados en medio de una de las peores crisis económicas que haya vivido la península, con gran cantidad de desocupados y donde, como en varios países del resto de Europa, se terminó la vida cómoda y sin sobresaltos económicos.

Y en medio de todo esto, los jóvenes, de 18, 20, 25 años, quienes son parte y protagonistas de los distintos reclamos en busca de un presente y un futuro mejor. Es cierto que también están los otros, los que aprovechan la oportunidad para robar, destruír y matar, allá como acá, siempre están.

Pero la mirada es sobre qué está pasando en nuestro mundo tan comunicado y globalizado, qué está pasando en las grandes economías que non pueden seguir manteniendo el nivel de vida que vienen llevando desde hace tantos años. ¿Será que aún las certezas económicas de bienestar y progreso no son tan ciertas? ¿Estaremos frente a un cambio de paradigmas, de manera de pensar y ver la vida, donde comienza a ser más importante mirar al hombre, al ser humano, a sus necesidades y comenzar a gobernar para todos y no sólo para unos pocos?

¿Será también que los argentinos tenemos que aprender y debemos a comenzar las bases de nuestra vida, de nuestra familia en cuestiones menos economicistas y más profundas?
¿Pueden los gobiernos, del signo o ideología política que sean darnos respuestas cabales a todos estas situaciones? ¿No será que deberíamos empezar a buscar más ayuda de arriba y un poco menos de acá abajo?

Me preocupa el hombre, el joven y el adulto, la ama de casa y la profesional, el argentino, el español o el inglés. Si todos por igual, porque todos estamos buscando respuestas a los problemas y las cuestiones trascendentes de nuestra existencia.
Algunos de entusiasman y quedan perplejos ante los espejitos de colores, otros buscamos en lo profundo de nuestro espíritu para comenzar un verdadero cambio.
Pero todos necesitamos algo y alguien. Todos necesitamos a Dios.

¿Quién domina tu vida?


Editorial del 6 de agosto de 2011

Este 2011 es un año electoral por excelencia. Los argentinos estamos eligiendo a las autoridades que nos gobernarán en los ámbitos locales, provinciales y nacionales, como también a quienes se encargarán de legislar, dar forma a las leyes que van a regir nuestra vida en sociedad.
Sin duda los temas sobre el gobierno, la autoridad, las leyes y las normas son los ejes donde giran muchas de las informaciones y temas de conversación.

Y pensando en esto se me ocurrió mirar para adentro, a cada uno de nosotros como personas, como individuos que conformamos esta sociedad pero, que primero, somos seres independientes con una determinada manera de pensar que influye en nuestra manera de actuar. Y preguntarme “quién gobierna nuestra vida”.

Porque es en nuestra manera de actuar en donde se ve quién o qué gobierna en nuestra vida. Por cómo nos comportamos, las cosas que hacemos y las que no hacemos señalan fuertemente quién es el gobernante en nuestra vida.

A veces se trata de la pasión, o del egoísmo, o también de la razón o de la generosidad. Muchas veces vemos personas a quienes sólo les importa ganar dinero y tener cada día más, y solamente hablan de lo que tienen, de lo que pudieron o van a comprar. Todo en su vida tiene un signo “pesos”.

Pero también hay personas que viven atemorizadas por la violencia que se ve en nuestra sociedad y que los medios de comunicación se encargan de mostrar, recordar y a veces agrandar. Entonces casi ni salen de su casa ni permiten que sus hijos se muevan con libertad. Le tienen miedo a todo y temen por todo.

Y aunque parezca mentira también hay personas que viven preocupadas por los demás, por los que menos tienen, por los que pasan frío, por los que no tienen para comer. Personas que entendieron que no sirve vivir para uno mismo sin mirar al que está a su lado. Sin embargo, en su afán por ayudar muchas veces se olvidan de sí mismos, de sus necesidades, y descuidan su salud, su alimentación o su presentación. Y al final, cuando ven que la sociedad no comparte ni acompaña sus preocupaciones caen en depresión o abandonan su cruzada dejando en el olvido su buena actitud.

Cada una de estas actitudes, y muchas otras, muestran quien gobierna nuestras vidas. Porque aunque muchos se creen muy autosuficientes y sostienen que ellos son sus propios dueños, la verdad es que todos, de una o de otra manera, respondemos a un determinado gobierno en nuestras vidas.

“Todo hombre es esclavo de aquello que lo domina”. Esta verdad fue escrita por un hombre que en una etapa de su vida se dejó gobernar por su carácter impulsivo, el que lo llevó a negar lo que más amaba.

¿Qué domina mi vida? ¿Quién domina mi forma de actuar, de pensar, de vivir? Es un error pensar que somos totalmente independientes porque siempre hay una autoridad superior sobre nosotros. El punto es saber a quién le estoy entregando el control de toda mi existencia, de mi presente y de mi futuro. No es poca cosa para dejarlo librado al azar.

A votar

Editorial del 23 de julio de 2011


Estamos en veda electoral. Mañana vamos por la segunda de las cuatro elecciones que tocará realizar este año, y esta vez será el turno de que elijamos a nuestro futuro gobernador, diputados y senadores provinciales, intendente y concejales.

Una vez más se pone en juego la necesidad de pensar, ser responsables, pensar y proyectar el tipo de ciudad y de provincia que queremos para los próximos cuatro años. Muchos, como pasa en todas las elecciones, están tan desilusionados que no le creen a nadie y por lo tanto o tienen una gran incógnita sobre su voto o, directamente y en el peor de los casos, no piensan ir a votar.
Pero es nuestra responsabilidad y nuestro privilegio y no podemos dejar que otros elijan por nosotros.

Es cierto que muchas veces la sensación que tenemos es que sirve para muy poco pues, una vez en el poder, se olvidan de lo que prometen en campaña y hacen lo que quieren o lo que les conviene. Pero creo que el ejercicio democrático y la profundización de la educación en este tema hará que cada vez más los políticos sientan que tienen que darnos cuenta de lo que hacen pues nosotros los pusimos en ese lugar y les pagamos el sueldo. Sí, y aunque no les guste a muchos, son servidores de los ciudadanos (para no decir que son nuestros empleados) y deben ejercer con dignidad y responsabilidad su función.

Lamentablemente todavía hoy, con la historia que tuvimos en términos de gobiernos militares, hay personas que se preguntan si la democracia sirve. Puede tener muchos errores, pero es el mejor sistema de gobierno y debemos defenderlo en contra de cualquier esfuerzo por denostarlo. Por eso tenemos que participar con responsabilidad.

Y después vendrá el tiempo de dejar que los elegidos hagan su trabajo, controlarlos, pedirles cuentas y exigirles que cumplan con lo prometido. Es parte de nuestro trabajo como ciudadanos.
Personalmente espero que tengan en cuenta que vamos a estar observando lo que hacen y que al final de cuentas, y aunque cambien el tipo de juramento, Dios y la patria les pedirán cuentas.

¿Es todo lo mismo?


Editorial del 16 de julio de 2011

“A mí, todo me da igual”. “Todo vale”. “Todo es lo mismo”. “No hay nada absoluto, todo es relativo”.
En estas frases encontramos parte de la manera de pensar de muchas personas en nuestra sociedad. Para muchos todo está bien en la medida que te haga bien, o como otros dicen, “mientras no le hagas mal a nadie, está todo bien”.

Sin embargo este tipo de pensamiento y, por lo tanto, de manera de vivir, saca a la luz un problema de base y fundamental: ya no hay principios. Las personas, los seres individuales que habitamos esta sociedad y, por ende, las familias, ese núcleo social esencial, no respetan ningún tipo de norma o idea fundamental que los rija y ponga bases para su desarrollo.

Entonces, como todo está bien, da lo mismo que un hombre se case con otro hombre o una mujer con otra mujer, da lo mismo que se legalice la droga, que se permita por ley el asesinato del niño por nacer, que habilitemos la muerte de aquellos que sufren, o que en las escuelas les enseñen a nuestros hijos en contra de lo que nosotros, sus padres, pensamos y creemos.

Todo está bien, todo es lo mismo, da todo igual. Pero… ¿es así realmente?

¿Hacia dónde marchamos como sociedad sin ningún principio o norma fundamental que nos indique cómo tienen que ser las cosas? ¿Dónde está la razón fundamental de la vida y, por lo tanto, el porqué de nuestra existencia sobre esta tierra?

El secularismo y el humanismo han querido desplazar del centro de la historia al creador del hombre, diciendo que nosotros podemos hacer las cosas solos, que nos valemos por nosotros mismos. O, poniendo el ojo en los errores de las instituciones humanas, han querido desautorizar a Dios y la fe en él, como principios indispensables para el cambio.

Pero Dios no es una institución, ni una religión, ni una forma de pensar, ni una larga lista de mandatos. Dios es vida y pretende que esa vida la tengamos nosotros para que, de esa manera, podamos conformar una sociedad sana, equilibrada, justa y digna, donde dé guste vivir y criar a nuestros hijos.

Todavía es posible hacer la diferencia. Todavía es posible volver a la fuente y darle un sentido y un propósito a nuestra vida. Yo creo que hay principios por lo cuáles vale la pena vivir, y por lo cuáles muchos estamos dispuestos a dar la vida.

Reconociendo nuestra necesidad


Editorial del 2 de julio de 2011

El jueves de esta semana los presidentes de Argentina y Bolivia inauguraron el gasoducto Juana Azurduy que beneficiará a más de tres millones y medio de argentinos en el noreste de nuestro país. Una obra de integración entre dos países hermanos de Latinoamérica que beneficia a ambas naciones.
Pero más allá de los anuncios políticos o coyunturales, y de las palabras que los mandatarios pudieron decir en medio de un acto protocolar, es para destacar la actitud del presidente boliviano Evo Morales.
Mientras los argentinos estamos acostumbrados a escuchar a nuestros dirigentes hablar de su capacidad y de los logros que han realizado o piensan concretar, Morales se mostró como un presidente humilde, sencillo, sin falsas modestias, a quien no le tiembla nada cuando tiene que reconocer y agradecer la ayuda y el apoyo que recibió en distintas situaciones difíciles que le tocó atravesar.
Evo Morales no dejó de destacar la ayuda de la Argentina en materia económica y política, destacando lo bien que le hace a la región estas actitudes.

Qué saludable es que la máxima autoridad de un país pueda dar las gracias, pueda decir que en aquello que se había convertido en un problema, recibió ayudar para superarlo y avanzar. Sin decirlo expresó que en esos temas no podían salir solos y que necesitaron, y aceptaron, la ayuda de otros.

Cómo nos cuesta pedir ayuda, y recibirla cuando nos la quieren dar. Cómo nos cuesta mostrarnos débiles en aquellas áreas en las que así somos. Le tememos tanto al “qué dirán” que creamos alrededor de nosotros una coraza que nos hace invencibles, intocables. Pero la realidad es otra, es aquella que vivimos cuando se cierran las puertas y estamos solos en nuestra intimidad, y no podemos hacer otra cosa que llorar porque no podemos más.

Reconocer nuestra necesidad es el primer paso para encontrar la solución, para recibir ayuda y salir del pozo en el que estamos. A esto se refirió Jesús cuando declaró: “Bienaventurados los pobres en espíritu”. No hablaba de cuestiones económicas sino de aquellos que puedan reconocer que son débiles, que necesitan ayuda, que necesitan a Dios.

¿Cuándo será el día en que reconozcamos, sinceramente, que nos sentimos desprotegidos y que necesitamos de aquel  que nos dio la vida para seguir viviendo? Ojalá que sea pronto.

Comencemos a vivir la verdadera comunión


Editorial del 25 de junio de 2011

Se está presentando en Buenos Aires, en el Luna Park, un nuevo espectáculo de la compañía Fuerza Bruta, el grupo de artistas que fue más conocido en la celebración del bicentenario, también en la ciudad de buenos Aires, donde hombres y mujeres se mecían sostenidos por cuerdas, trepaban, iban de un lado a otro, mostrando de una manera distinta el arte.
Dicen, los que asistieron a las funciones de este espectáculo, que la presentación logra generar una especie de comunión entre artistas y público, un sentimiento y realidad perdios en nuestra sociedad.
Y me quedé pensando en eso de la comunión.
Según el diccionario Comunión significa, primeramente, participación en lo común. O sea, ser parte de algo que nos une, que nos da identidad a todos, que rompe las barreras de separación y nos permite participar con el otro, sin importar las diferencias que puedan existir en otros ámbitos.
Para muchos hay una especie de comunión en lo futbolístico, cuando unen sus pasiones hacia un equipo y juntos, casi sintiendo las mismas cosas, caminan alegrándose o sufriendo por los resultados deportivos. Claro que muchas veces esa comunión se rompe, y la furia y la violencia rompen y destruyen lo que pudo existir de común.
Lo mismo sucede en lo político, en lo ideológico, en definitiva en todas aquellas cosas que generan pasiones, fuertes sentimientos, y que tocan lo más íntimo en nosotros.

En un comentario sobre el espectáculo de Fuerza bruta, el cronista hablaba de una especie de comunión tribal que generaba la puesta, uniendo, casi en un mismo, movimiento, al que se presentaba y a los espectadores, quienes son mojados, empujados y deben agacharse para que los artistas no los toquen cuando sobrevuelan sobre sus cabezas. Y el periodista se refería a esa comunión que se había perdido.

Y me quedé pensando, pero ahora no en la palabra comunión, sino en la realidad, en el hecho social de que cada uno está en la suya, cada uno vive su vida, y que muchas veces no compartimos nada con el otro, tenemos poco en común. Y a veces lo común es estar en un ambiente ruidoso, donde lo que prima es el ruido, y la falta de comunicación. Pero a eso le llaman tener algo en común. ¿Será eso la comunión que nos hace falta como sociedad.

Me inclino más a pensar que lo que necesitamos es escucharnos más, prestar atención al otro, a lo que dice y quiere decir con sus actos, con sus gestos. A empezar a escuchar antes de hablar, a ocuparnos no sólo de lo que me pasa sino de lo que le pasa al otro. A interesarnos por el bien común y no solamente el bien personal.

Y también, como punta pie inicial para que todo lo otro pueda ser real, a comenzar o renovar nuestra comunión, ese hecho de tener algo en común, con Dios, quien nos creó para eso, para que participemos de sus cosas, de su vida, de sus principios, de sus verdades. Que aprendamos a amar lo que él ama y mirar la vida desde la perspectiva de él. Para entonces sí, poder compartir con él nuestra vida y, de su mano, compartir con los otros, con el que está al lado mío, y llegar a tener comunión. Pero no solo en un hecho cultural, sino en la vida misma, en la realidad de todos los días.

domingo, 19 de junio de 2011

Detrás de las apariencias

Editorial del 18 de junio de 2011

En nuestro país estamos asistiendo a una serie de hechos que descubren la verdad detrás de las apariencias.

El candidato a presidente por la Unión Cívica Radical, Ricardo Alfonsín, después de que no se concretara la alianza con el socialista Hermes Binner acusó a este de tener miedo de ampliar el frente electoral. Hasta hacia unos días atrás el gobernador santafecino parecía el mejor hombre con quien realizar una alianza electoral. Su negativa a estar junto a De Narvaez lo colocó en la vereda de enfrente y, por lo tanto, había que empezar a pegarle.

Por su parte Hermes Binner, primero reacio a lanzar una candidatura presidencial, comenzó tratativas con el Gen de Margarita Stolbizer y el partido del cineasta Pino Solanas para presentar batalla en octubre. Todo parecía viento en popa, Solanas había dicho que el candidato era Binner. Pero cuando se tuvo que concretar la alianza y dar nombre al Frente, hubo desencuentros, con el nombre o con la convocatoria o con los hombres. En definitiva ahora Pino Solanas no está tan contento y el Frente Amplio, a poco de concretarse, ya se está rompiendo.

En el Inadi, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, faltó el ring para que el ex presidente del organismo, Claudio Morgado y su ex vicepresidente María Rachid, expusieran sus dotes boxísticas. Porque se dijeron de todo, se acusaron de malversar fondos, nombramientos irregulares, acoso a empleadas (por parte de la vicepresidenta) y, al  fin, de realizar un golpe institucional. O sea que, en el instituto que tiene que trabajar para no dividir están más divididos y peleados que nadie.

¿Qué está pasando entre los políticos y funcionarios de la Argentina? ¿Dónde quedó la humildad, el servicio, el respeto por el otro, el dejar a un lado los interes personales en pro del interés común y nacional?
Parece que quienes deben dirigirnos y administrar nuestros destinos como Nación están faltos de sentido común y madurez política.

Necesitamos hombres y mujeres que se respeten y respeten los cargos o funciones que ejercen, que busquen más el servicio en lugar de la gloria personal. Que busquen a Dios, fuente de toda razón y justicia, como reza el preámbulo de nuestra Constitución Nacional, para que los guíe y ayude a ser mejores. Por el bien de ellos y el de todos.

Héroes reales, no de barro

Editorial del 11 de junio de 2011

Nuestra  historia reciente, la de las últimas décadas, nos dejó sabores amargos y recuerdos difíciles de olvidar.
Como sociedad hemos asistido a la destrucción de la confianza y a la generalización de la confrontación como maneras de ser del ciudadano común.
Y aunque los años pasan y, como dice la canción, “nos vamos volviendo viejos”, parece que no hemos logrado crecer y superar ciertas posturas que no nos hicieron ni nos hacen bien.
Se dice, y lo creo, que debemos aprender de los errores, pero aprender no debe significar negar o destruir aquello en lo que nos equivocamos sino, precisamente, aprender, para mejorar, para avanzar, para superar.
Me parece que es un error seguir enfrascados en luchas que no llevan a nada, o por lo menos a nada bueno, sino a profundizar nuestra destrucción como personas y como sociedad.

Este es el caso de la guerra de Malvinas y los militares y todo lo que sucedió en ese tiempo. El hecho de que haya ocurrido durante un gobierno militar en donde hubo desaparición de personas y el ejercicio del poder represor del estado usado ilegalmente para destruir al otro, al que pensaba distinto, no significa que debemos borrar de nuestra vida como sociedad todo lo que esté teñido de “verde militar”.
Porque detrás de la locura de un gobierno que casi destruyó una generación de argentinos, había hombres, jóvenes, conscriptos y militares de carrera que, como todos los argentinos, deseaban recuperar esa porción de territorio austral que por tantos años hemos reclamado como nuestros.

Esos hombres que se entregaron a una guerra sin razón y sin posibilidades de triunfo, unos por convicción profesional y otros por obligación civil, todos esos hombres son parte de los héroes que, junto con San Martín, Belgrano y Cabral, forman parte de nuestra historia como nación independiente y soberana.

Un error no puede cegarnos y hacernos olvidar lo que sufrieron, lo que dejaron en esas tierras tan lejanas de nuestra ciudad pero tan cercanas en el sentimiento nacional.

¿Hasta cuándo vamos a seguir enfrascados en discusiones ideológicas y posturas extremas sin crecer, perdonar y continuar hacia adelante, como individuos y como Nación?

Aunque ya lo hemos dicho en este espacio, no creo que la frase “Ni olvido ni perdón” pueda ayudarnos a avanzar como sociedad. Sí a la justicia, no al resentimiento y a la venganza.

Para que muchas cosas sean distintas en nuestro país debemos superar, perdonar, reconocer y construir, juntos, una sociedad que sepa resaltar lo bueno y aprender de los errores. Pero aprender para avanzar y no para seguir revolviendo en la basura.

Dos caras, dos realidades

Editorial del 4 de junio de 2011



Aunque muchas veces lo neguemos, los seres humanos tenemos dos caras, dos maneras de ser, dos posturas definidas. Una es la pública, la conocida por todos, la que nos ponemos cunado estamos en el trabajo, en la escuela, cuando nos exponemos a los demás. Esa, generalmente, es agradable, afable, divertida, respetuosa, cuidada.
La otra, en la mayoría de los casos la verdadera, es la que tenemos cuando estamos puertas adentro de nuestro hogar. La actitud que tenemos con nuestra familia, cómo reaccionamos en la intimidad, nuestro vocabulario, nuestro rostro, no siempre tan divertido y simpático como el que mostramos a los demás.
Entonces, cuando suceden hechos tan dramáticos como el acaecido en nuestra ciudad días atrás, cuando un hombre fue literalmente incendiado, aparentemente por su esposa, nos preguntamos: ¿cómo es posible?
¿A quién se le ocurre prender fuego a su familia? ¿Qué resorte internos se activan para cometer tremenda locura? ¿Qué venía sucediendo en esa familia para que se llegara a ese desenlace?

Los hombres y mujeres de nuestro tiempo hemos decidido, sin expresarlo muchas veces con palabras, que la vida debe dividirse en dos. Una cosa es lo público, lo que todos saben de nosotros, y otra cosa es lo que vivimos en nuestro hogar. Y de la misma manera hemos echado a Dios de nuestras vidas interiores, de nuestra intimidad, y sólo le permitimos que se ocupe de que no nos pise un auto, que ninguno de nuestros hijos se enferme y que siempre tengamos trabajo. Pero le tenemos prohibido que entre en nuestra vida interior y que se ocupe de solucionar nuestros grandes bollos, nuestros problemas más profundos. A él, que nos conoce como nadie, le decimos no, no te metas, y preferimos el consejo de un amigo, de un profesional, pero no de aquel que nos dio la vida.

Y después, entonces, nos preguntamos ¿por qué pasan las cosas? ¿por qué tanta violencia?

Sin embargo la pregunta tendría que ser por qué nos hemos creído capaces de dirigir nuestra vida sin la ayuda de Dios, por qué somos tan autosuficientes de pensar que podemos solos con nuestros problemas interiores. Por qué allí, en nuestro interior, nacen nuestros profundos conflictos o nuestras grandes victorias. En nuestro corazón, desde donde fluye la vida, comienzan o terminan nuestros problemas.

Una vez más la decisión es nuestra. Vivir por nuestra cuenta o pedir ayuda a la persona indicada.
Quizás es necesario que aprendamos de los más pequeños y que como ellos, miremos a nuestro Padre y le digamos “Por favor, ayúdame, te necesito”. Seguro que ahí comenzarán las soluciones para nuestros más profundos problemas.

Volviendo a las fuentes

Editorial del 28 de mayo de 2011

¿Y si volvemos a los tiempos donde los juegos eran las figuritas, las bolitas o la payana? Pero no por los juegos en sí, en definitiva eran juegos y nada más, sino que me refiero a ese tiempo, a ese momento social donde las cosas eran mucho más sencillas y en donde todavía la inocencia era un bien preciado y resguardado.
Hoy, sin embargo, todo es rápido, no hay espera, no hay respeto por los tiempos, por los grados de desarrollo, no hay identidad.
Porque la sociedad y su cultura quieren imponer la idea de que todos deben ser iguales, vivir las cosas al mismo tiempo, experimentar con lo mismo y, al final, sentir las mismas frustraciones y las mismas depresiones. No se permite que el otro sea diferente y, si lo es, ¡pobrecito!
Los tiempos donde se jugaba a las escondidas eran tiempos donde los niños éramos tales hasta avanzada la adolescencia. No había estímulos externos (entiéndase medios de comunicación masiva, nuevas tecnologías) que se metieran en nuestras vidas para robarnos la esencia de ser niños: la inocencia.
Se podía vivir tranquilos sin tener que ser sexualmente activos antes del matrimonio porque si no, éramos unos tantos, unos mojigatos. Eran otros tiempos, se vivía más despacio, más acorde con los tiempos de nuestro desarrollo intelectual.
Como padres que vivimos en este siglo 21, nos preocupa que nuestros hijos puedan seguir siendo niños el tiempo que deban serlo, que puedan disfrutar un tiempo que no volverá, un espacio en sus vidas que es único e irrepetible, y que les pertenece, y que debemos pelear porque nada ni nadie se los arranque.
Me pueden decir que los tiempos han cambiado, que ahora los chicos y las chicas son distintos, que viven de una manera más libre, más desinhibida, sin prejuicios.
Y es cierto, pero creo que a pesar de eso, y usando los beneficios que pueden surgir de esa manera de ver la vida distinta a como la veíamos nosotros cuando fuimos chicos, es necesario volver a sentar las bases de una sociedad más inocente y menos “despierta”.
Porque si miramos el resultado de esta nueva manera de entender el desarrollo de las personas y su evolución como personas, encontramos jóvenes y niños que destruyen sus infancias por comenzar a probar aquello que está diseñado para otro fin. Hoy tener relaciones sexuales es parte de lo que nuestra cultura impone como necesario para ser alguien, para ser parte de la manada, sin embargo no queremos darnos cuenta que la manada, así como va, se dirige al despeñadera, directa a su destrucción.
¿Qué estamos buscando como padres, madres, dirigentes, docentes, gobernantes? ¿Hacia donde queremos llevar a las nuevas generaciones? ¿Buscamos más abortos adolescentes con las consecuencias que esto implica? ¿Queremos infancias destruídas, niños y niñas que se convierten en padres sin saber qué hacer con esa nueva criatura que está en sus manos? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que nos hemos equivocado y que necesitamos realizar un cambio?
Nuestra sociedad está llena de personas que son ciegos, guíando a otros ciegos, que no saben de dónde vienen ni a donde van.
Todavía estamos a tiempo de volver a empezar. Debemos volver a las fuentes.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Elecciones: momento de pensar y decidir

Editorial del 21 de mayo de 2011

Otra vez el silencio. No hay más propagandas, en los sitios web desaparecieron los banner que nos “llamaban” a votar por este o por aquel. Se terminó la pegatina en las paredes, ya nadie está ofreciendo y explicando sus propuestas. Se hizo “silencio de radio”.
Y ahora es el momento de nosotros, los ciudadanos, quienes tenemos la potestad de elegir y dar la posibilidad, en esta oportunidad, para que otro ciudadano sea elegido como candidato a ocupar un cargo en nuestra ciudad o en la provincia.
Hemos escuchado sus propuestas, aunque en realidad algunos se dedicaron el tiempo de campaña a hablar mal de sus adversarios en vez de explicarnos lo que piensan hacer si llegan a ser elegidos. Pero ya estamos acostumbrados a eso.
Cómo elegir, qué criterios usar en nuestra decisión. Lo haremos mirando el color de su ideología, si habla bien o mal, si es joven o no tanto, si me cae bien, o por revancha contra otro.
En realidad tendríamos que poner en la balanza sus propuestas, lo que hicieron si ya fueron gobierno o si ejercieron algún cargo legislativo, pero en suma tendríamos que pensar en las personas que puedan ejercer con responsabilidad e idoneidad el cargo para el que los estamos eligiendo.
No es momento de mezquindades ni de revanchas; tampoco lo es para que miremos al costado y no ejerzamos nuestra responsabilidad votando en blanco. Es cierto que muchas veces estamos confundido y ninguno de los candidatos nos terminan de convencer. Entonces, si es así, tendremos que hacer un esfuerzo y analizar, meditar y decidir: el voto es nuestro derecho, es su derecho, y no debe dejarlo en las manos de otro.
Y a aquellos que puedan ser elegidos les pedimos, y por qué no, les exigimos, porque los vamos a votar, que cumplan con su rol de manera madura, responsable, honesta y humilde. Ehhh!, ¿no pediremos mucho?
No. Es nuestro derecho hacerlo pues les estamos dando un voto de confianza, estamos depositando parte de nuestra esperanza de que nuestra ciudad y nuestra provincia sean un poco mejor, bastante más seguras, lugares donde sea digno y grato vivir.
Que sean un poco más maduros que aquellos seguidores de distintos candidatos que se dedicaron a romper los carteles de sus oponentes, o que continuamente tapaban los afiches contrarios, como si esta acción pudiera cambiar la intención de voto de alguien. Sí, estamos de acuerdo que es una tontería que seguramente realicen algunos que todavía no entendieron cómo es esto de la política como servicio y no como autoritarismo.
Y por último, a todos, a quienes creen y a quienes no, que tengan presentes que su paso por esa función es temporal, algún día se termina, y no sólo tendrán la mirada atenta de toda la ciudadanía sino que el cargo que ocuparán estará bajo la autoridad superior de Dios quien es protector de huérfanos y desamparados.
No pedimos milagros sino que sean dignos de la función a desempeñar. Si así no lo hicieran, “que Dios y la Patria se lo demanden”.

domingo, 15 de mayo de 2011

Cáncer: las cosas por su nombre

Editorial del 14 de mayo de 2011

En 1993 se estrenó la película argentina “De eso no se habla” basada en el cuento homónimo que relataba la historia de una vergüenza. Una madre que tenía una hija enana a la cuál trataba como si no lo fuera y, por supuesto, evadía cualquier alusión a esta realidad hasta que llegó un extranjero al pueblo que se enamoró de su hija.
Una de las grandes barreras que esta mujer no había podido derribar en su vida era la realidad de su hija y la posibilidad de poder hablar, decir, nombrar, llamar las cosas por su nombre, asumir esta verdad y, entonces, por años, se sumergió en el silencio ahogando también cualquier posibilidad de que alguien dijera esa palabra.
Es así como nuestra sociedad trata una de las enfermedades más difíciles de asumir y sobrellevar: el cáncer. Le ponemos otros nombres, definiciones, nos referimos a ella como “una larga enfermedad”, “un padecimiento doloroso”, o términos casi grotescos como “la papa”. Nos negamos a nombrarla, cuánto más, entonces, nos cuesta asumir la necesidad de su tratamiento.
Sólo recientemente algunas personas conocidas a través de los medios de comunicación se atrevieron a contar su experiencia y a llamar las cosas por su nombre. Son pequeños atisbos de luz en medio de la oscuridad que rodeó por años al cáncer. Porque reconocer lo que nos pasa sin duda nos ayuda a dar batalla, a interiorizarnos como enfermos, como familiares o como sociedad, para enfrentar o acompañar a aquellos que deben levantarse cada día con la esperanza de dar un nuevo paso en el proceso que pueda llevarlos a su curación.
Es bueno respetar los silencios de los otros. Cada uno tiene sus tiempos y hacemos bien en aprender a estar, ayudar y acompañar de acuerdo a cada personalidad. Sin embargo también es necesario que como sociedad asumamos actitudes maduras, desprovistas de cualquier tipo de sensacionalismo, que contribuyan a avanzar en un proceso que no tiene siempre un final feliz pero que puede ser llevada adelante con la dignidad de estar luchando por la vida.
Hoy vamos a tener la visita de Amelia Arregin quien desde 1982 cuando le realizaron su primera operación ha sufrido cuatro veces la aparición del cáncer en su cuerpo. Tratamientos, medicación, operaciones que cambiaron la estética de su cuerpo, pero en ningún momento pudieron trastocar la esencia de su alma porque en toda situación supo y pudo agradecer por la bendición de seguir viviendo y poder tener las fuerzas necesarias para presentar batalla a un enemigo que, todavía, sigue al acecho.
Por eso, hoy  Amelia Arregín puede decir, con autoridad, “De eso, del cáncer, sí se habla”.

Tiempo para conocer sin prejuicios

Editorial del 7 de mayo de 2011

“No todo lo que reluce es oro”. “Depende el ojo con el que se mira”. Según la sabiduría popular todo pasa por lo que vemos, nuestros juicios, nuestras posturas, nuestras decisiones están atadas a lo que observamos, a lo que vemos. Nuestros ojos rigen nuestras maneras de ver el mundo.

Pero, como no todo lo que reluce es oro, no siempre vemos las cosas como realmente son. Muchas veces son nuestros prejuicios los que nos condicionan y hacen que erremos el juicio.

Esto pasa en la consideración de una persona, en cómo evaluamos sus actitudes y más, cómo suponemos que piensan. Porque nos creemos tan inteligentes que nos adentramos en los pensamientos e intenciones de los demás, condenando o alabando.

Y así nos movemos en la vida, poniendo nuestro prejuicio delante de nuestros ojos, dejando que éste ordene nuestras acciones y decisiones.

Entonces a nuestro paso quedan en el camino situaciones y personas que, por ser evaluadas negativamente, no merecen ni nuestra más mínima mirada.
Atropellamos con nuestra soberbia el mundo, y sus habitantes, sin esperar a conocer, a preguntar, a interiorizarnos por la vida y las circunstancias que rodean al otro. Y nos olvidamos que como “otro”, tiene distintos pensamientos, distinta formación y educación, distintos hábitos, diferentes problemas y dificultades.

Tiempo, tiempo para escuchar, para conocer, para aprender. Tiempo para que el “otro” pueda explicar su proceder o su manera de pensar. Tiempo. Tiempo para no apurarnos y caer en el juicio apresurado que nos separa, que nos condiciona, que destruye.

Aún en medio de las diferencias, donde es válido que cada uno tenga distintas maneras de pensar, allí, también es bueno darnos tiempo para escuchar y ser escuchados.

No todo lo que vemos, o cómo lo vemos, es realmente así. Escuchar, conocer, esperar y aprender nos ayudará a relacionarnos de una manera madura y sana, haciéndonos bien y haciendo el bien.

Fantasía versus Realidad

Editorial del 30 de Abril de 2011

Aunque para muchos haya pasado desapercibido, ayer se realizó el denominado casamiento del siglo entre el príncipe Guillermo de Inglaterra y la plebeya Kate o, como ahora se la debe llamar: Catherine.
Los medios de comunicación, en especial los televisivos, dieron cobertura al evento que dicen, fue una de las bodas más caras de la historia.
Alfombra roja, vestidos impactantes, joyas, realeza, mucha pompa y toda la atención de un país que no se encuentra en sus mejores momentos económicos. Pero para los ingleses todavía el amor a su monarquía está por encima de los problemas menores, diarios, cotidianos.
Para muchos, en especial para la platea femenina, es un cuento de Hadas hechos realidad: la plebeya que no tiene sangre real sellando el amor con su príncipe azul (aunque en este caso guillermo vistió con uniforme militar color rojo).
Sin embargo, uno se pregunta de qué sirve admirar o estar expectantes de hechos de estas características cuando no nos afecta ni nos favorece en nada. La vida de cada día, con sus alegrías y tristezas, con sus progresos y dificultades sigue aquí y ahora. Nuestra vida, la vida real, puede ser aún más desafiante y digna de ser vivida.
Porque lo importante de nuestra vida no es lo que somos, los títulos que podamos obtener, los honores que puedan darnos, sino qué hacemos con nuestro presente y, por ende, con nuestro futuro.
Estamos inmersos en una sociedad que padece situaciones crueles que debemos desterrar: drogadicción, excesos, violencia, desamor, falta de respeto, incomprensión, exitismo. Muchos corren por alcanzar una meta imposible, y en esa carrera, dejan detrás a todos sin importar cuántos resultan heridos.
Padres que por avanzar en sus carreras se olvidan de sus hijos, o los dejan al cuidado de otros, y que después despiertan a la realidad de la droga, excesos sexuales o delincuencia.
Hijos a quienes les molesta la ancianidad de sus padres y que los depositan en instituciones para que otros se ocupen de ellos. Y que después, cuando ya no están, lloran a sus progenitores por no poder estrechar su mano o tomar un mate juntos.
Una sociedad que se horroriza por las muertes ocasionadas por la bulimia y la anorexia pero que sigue publicitando la belleza y el físico perfecto como la única manera de ser exitosos y conseguir cosas en la vida.
Hombres y mujeres que miramos en las pantallas a los niños de la calle, pidiendo, mendigando y dejando su niñez en medio de la locura que significa “estar en la calle”, pero que miramos para un costado cuando se trata de ayudar a instituciones o personas que buscan ayudar a los que más lo necesitan.
Las bodas de la realeza son, paradójicamente poco reales. Pertenecen a un mundo de fantasía, barata, pero fantasía al fin.
Nuestra sociedad, nuestro prójimo están presentes todos los días de nuestra vida, a la mano, para que podamos extender nuestra ayuda, para que podamos ser parte del cambio que necesitamos, para que sin importar la condición social de la cual provengan, muchos de nuestros hijos puedan tener, como en los cuentos de Hadas, un final feliz.

A propósito de Semana Santa

Editorial del 23 de Abril de 2011

A un mes de haber comenzado las manifestaciones que buscan terminar con un poder hegemónico de más de 40 años, las tropas de seguridad de Libia asesinaron a más de 80 personas en lo que se considera la mayor de las masacres desde que comenzaron las protestas.
El pueblo libio quiere terminar con la opresión y la falta de democracia, de libertades, de dignidad para vivir.
En Egipto, el derrocamiento de Mubarak, después de décadas en el poder, dejó un saldo de 800 muertos.
En Siria, el régimen levantó el estado de emergencia que imponía restricciones a las libertades individuales desde hacía 50 años, después de la muerte de cerca de 100 personas en protestas en contra del gobierno.

En nuestro país, una familia de la ciudad de Merlo vivió momentos de terror cuando fueron asaltados en su casa, donde los maniataron y les gatillaron en la cabeza.
En Mar del Plata, un joven de 17 años mató a un panadero de 65 años a golpes, para robarle y comprar droga.
En la ciudad de La Plata, en tan sólo 5 minutos, un ladrón robó dos veces la misma estación de servicio.

Y en medio de este tenso clima internacional y nacional, donde la vida de las personas parece un bien poco preciado, donde es fácil matar para conservar el poder, para robar o para conseguir dinero para los vicios, los cristianos recordamos la muerte y resurrección de Jesús en lo que se denomina Semana Santa.

Claro que de Santa, en muchos casos, esta semana tiene poco. Porque muchos siguen con sus vidas y costumbres que poco tienen que ver con el significado y la realidad de la muerte y el sufrimiento del hijo de Dios que se dio para que muchos puedan tener esperanzas de una vida mejor.

Muchos se preguntan cómo entender o conmemorar una fecha espiritual cuando la sociedad está en una de sus peores etapas. Pero lo que no quieren escuchar o aceptar es que hemos llegado a este estado porque el secularismo va ganando terreno en contra de la espiritualidad y de una mirada trascendente de la vida.
Como hombres le hemos dicho a Dios que se aparte de nuestras vidas, que se ocupe de sus cosas mientras nosotros seguimos ocupándonos de las nuestras; hemos decidido que somos capaces de ser amos y señores de nuestro destino, y el de los otros. Sin embargo en muchos casos los resultados no son para nada prometedores.

Algo santo es aquello que es apartado para un destino específico. Pero no alcanza con una semana al año. Debemos apartar nuestra vida de aquellas cosas que nos separan de Dios y sus propósitos, y vivir de acuerdo a sus consejos y enseñanzas. Porque el sacrificio de Jesús en la cruz, no es sólo un hecho histórico o anegdótico, es la verdad que debemos aceptar para comenzar a transitar un cambio necesario en nuestra manera de pensar y vivir para, de esta manera, comenzar a cambiar la manera en la que vive y se mueve la sociedad, y así cambiar el producto de nuestro sistema: cambiar la muerte por la vida, la frustración por la esperanza, el vacío por una vida con propósito.

Hay esperanza, hay posibilidades de cambios, podemos mirar la vida con optimismo. Sólo necesitamos apartar nuestra vida para aquel que nos dio su vida.

viernes, 22 de abril de 2011

Se buscan modelos a seguir

Editorial del 16 de abril de 2011

La información daba cuenta de que una niña de 7 años tuvo que someterse a una cirugía estética porque sus compañeros la cargaban por la forma de sus orejas.
La madre había escuchado algunas de esas insinuaciones y, movida por el bienestar de su hija, decidió que se le realice la operación.
La noticia puede ser tomada simplemente como una nota de color, con aparente final feliz, y listo.
Pero si nos ponemos a pensar un poco, realmente no sé si con una cirugía estética podemos solucionar todos los problemas que nosotros o los nuestros podemos llegar a tener en las relaciones humanas y, en especial, referidas a nuestro aspecto.
Es entendible la preocupación de esta madre, porque creo que todos los que somos padres queremos lo mejor para nuestros hijos y sufrimos cuando sabemos de algún tipo de discriminación que hacen con ellos.
Pero la vida sigue, y el mundo avanza y las personas crecen, y si no buscamos hacer algo en relación a los conceptos que rigen las vidas de nuestras niños y niñas, las historias de no aceptación y rechazo se irán multiplicando aquí y allá. Y no siempre vamos a tener a mano una cirugía para solucionar el problema.
Lo que nuestros hijos dicen o piensan, o cómo actúan con sus pares tiene que ver, en buena medida, en cómo actuamos nosotros, en cómo nos ven tratar a los demás. Somos sus modelos a seguir, nos miran y aunque muchas veces no quieren ser como nosotros, a la larga repiten los patrones.
Por eso sería bueno que vivamos pensando y creyendo que cada ser humano es único e irrepetible, que así como es tan importante cuidar y defender su vida desde la concepción también es muy importante respetarlo en todas las etapas de su crecimiento, con sus características, con sus tiempos, con sus capacidades diferentes a las nuestras, pero valiosas. Porque así fue creado, así fue ideado y debemos aceptarlo.
¿Es tan importante que tenga una oreja grande, o que su nariz sea prominente, o que sea demasiado delgado o gordo o que tenga las piernas torcidas? ¿nos molesta tanto que tartamudee al hablar o que tenga una voz aguda? ¿Qué cambia que sea más morocho o más colorado?
Ninguno de nosotros es un accidente nacido de una explosión genética. Somos seres humanos distintos con un propósito bien claro para estar en este mundo. Somos criaturas diseñadas con amor y esmero, y debemos aprender a vivir para explotar al máximo nuestras particularidades.
Si vivimos de esta manera, y así les enseñamos a nuestros hijos a valorar la vida, también les vamos a estar enseñando a valorar y tratar al otro con respeto y aceptación. Y seguramente vamos a contribuir a hacer de nuestras sociedades lugares más agradables en donde vivir.

Víctimas en busca de esperanza

Editorial del 9 de abril de 2011

Esta semana, más precisamente el 7 de abril, un hombre de 23 años ingresó a la que había sido su escuela y asesinó a mansalva a 12 preadolescentes. Esto ocurrió en Río de janeiro, Brasil.
Envuelto en la locura, Wellington Menezes de Oliveira, entró a las aulas que quizás él había transitado siendo niño y, disparando a los pies, al torax y a la cabeza, asesinó sin piedad a alumnos de la institución.
¿Qué mecanismo puede ponerse en funcionamiento dentro de la mente de una persona para generar tremenda locura? Drogas, paranoia, desesperación, locura. Síntomas, quizás, de una sociedad que avanza en muchos aspectos pero que carece de un sentido de propósito.
La presidenta de Brasil Dilma Rousseff dijo: "No era y no es característico de este país vivir este tipo de crimen”. Sin embargo las hojas de los diarios están pobladas de muchos casos similares que se extienden a lo largo del mundo y ningún país, inclusive el nuestro, está exento de que un hecho similar pueda ocurrir.
En muchos casos hay un tejido social que favorece este tipo de actos en las manos de individuos que han sido expulsados de la sociedad y viven en la miseria y la necesidad más extrema. Víctimas de un sistema que sólo aplaude el éxito económico y profesional y mira de soslayo a los que no llegan, a los que no acceden a ese nivel, muchos son presas de la desesperación y la locura por conseguir algo, lo más indispensable, a veces un pedazo de pan para sus hijos.
Pero en este caso no había búsqueda de nada de eso. Solamente locura e irracionalidad, teñida de fanatismo religioso y, quizás, alguna dosis de drogadicción.
Pero detrás de un motivo u otro, lamentablemente, hay víctimas de este tiempo, de esta etapa de la humanidad que cada vez más busca sus placeres y satisfacciones lejos de las verdades que realmente traen esperanza y vida.
¿Es tan difícil creer que las palabras de vida y fe que hemos escuchado desde los comienzos de los tiempos siguen vigentes y tienen poder para darnos vida en medio de la desesperación reinante?
Cuanto más escucho las locuras de este tiempo, la falta de propósito y esperanza en el mundo actual, más sigo creyendo que sólo en Dios hay esperanza para el hombre de hoy.
No hablo de fanatismo ni de sectarismo, sino de buscar en el creador de la humanidad el motivo para el cual fuimos creados. Algo tan básico como leer el manual del fabricante para saber cómo tienen y pueden ser las cosas.
Locuras como la ocurrida en Río de Janeiro ya no pueden remediarse pero podemos trabajar para lograr que no vuelvan a suceder. Los gobiernos, generando las condiciones para que cada vez haya menos pobreza y necesidad, y cada hombre y mujer mirando en su interior y escuchando la voz que lo está llamando para descansar y encontrar el verdadero propósito. Jesús dijo: “Vengan a mí todos los que se encuentran agobiados, cansados, que yo les daré descanso”. 

Guerra de unos pocos, muerte de muchos

Editorial del 2 de abril de 2011

El 2 de abril de 1982 el gobierno de facto argentino buscó un milagro. Querían seguir en el poder, buscaban la aceptación de una nación que ya no soportaba más la desaparición de personas y la destrucción de un país que, un tiempo atrás, había sido próspero. Pero la soberbia que había en sus mentes no les permitió ver que ya estaba terminado, que no daba para más su permanencia en el poder y, entonces, encontraron una buena excusa, una excusa querida, añorada y esperada por todos los argentinos desde hacía décadas.
Y entonces se lanzaron a una guerra por recuperar su autoridad al frente de un gobierno ilegítimo, por recuperar su dignidad de soldados de la patria. Y en esa guerra, que tuvo como excusa la recuperación de las Islas Malvinas, mandaron a la muerte a miles de jóvenes argentinos que, algunos por obligación y otros por convicción, aceptaron el desafío de recuperar lo que nos habían robado.
Claro que del otro lado de la balanza estaba Inglaterra y los Estados Unidos, y de acá estábamos nosotros solos, bien solos, porque aún los países hermanos de Latinoamérica nos habían dejado huérfanos de ayuda.
El final lo sabemos, y muchos aún lo sufren en su cuerpo y en su alma.
Hoy, las cruces de los caídos en Malvinas están en fila, una al lado de la otra, en un terreno escarpado, casi inhóspito, que no conocemos pero que aún amamos. Sin embargo me pregunto si valió la pena tanta pérdida, tanta sangre, tanto dolor.
¿Vale la pena la recuperación de lo perdido a costa de sangre, de muerte, de destrucción? ¿Valió la pena matar para conseguir algo? ¿morir para ganar?
No está en discusión el valor o la osadía de nuestros soldados, muchos de ellos sin preparación y sin las armas y pertrechos necesarios. Recordamos a los caídos, y agradecemos su entrega a pesar de que las causas de esta guerra hayan estado teñidas de cuestiones políticas incorrectas. El gobierno de facto no pensaba en las Malvinas, pensaba en sí mismo.
Mirando nuestra historia y observando lo que está sucediendo en el mundo: Irak, Libia, Siria, Corea del Norte, Afganistán, me vuelvo a preguntar si el uso de las armas y de la fuerza sirve para algo. Porque detrás de todo conflicto armado hay siempre razones políticas y económicas que poco tienen que ver con el hombre común, con sus necesidades y esperanzas.
Lamentablemente, en muchos de estos casos, incluido el nuestro, la razón está ausente, el sentido común dejó el lugar a la sed de poder y gloria, sin importar a cuántas halla que pisotear, cuántos tengan que morir.
Quiera Dios que la humanidad, nosotros, desde nuestro pequeño lugar en el mundo aprendamos a construir en amor, buscando el bien común y persiguiendo los ideales y los principios que hablan de fe, tolerancia y respeto.
Nuestro reconocimiento y recuerdo a todos los que dejaron sus vidas en las Islas Malvinas y a aquellos que volvieron e intentan seguir con sus vidas aquí, entre nosotros, luchando muchas veces con la indiferencia de un sistema que sólo los recuerda un 2 de abril.

Memoria sí... rencor no

Editorial del 26 de marzo de 2011

El jueves 24 de marzo se conmemoró en nuestro país  el Día Nacional de la memoria por la verdad y la justicia. Claro que en realidad para muchos simplemente fue el inicio de otro feriado largo o, como se denomina ahora, feriado puente: es decir la oportunidad que tienen algunos pocos de irse de minivacaciones. Lamentablemente esta nueva forma de feriados es una manera de banalizar una fecha que tendría que ser para la reflexión y el recuerdo.
La memoria es ese resorte que nos da identidad, que nos permite saber de dónde venimos para ayudarnos a construir hacia donde nos dirigimos. Sin memoria de lo que fuimos y de lo que logramos es difícil saber qué cosas nos hacen bien y cuáles nos lastiman. Es por eso que es necesario recordar para no volver a cometer los mismos errores. Tanto en lo personal como en lo nacional.
Nuestra historia como país está marcada por hechos traumáticos que nos tienen que enseñar. Los sucesivos golpes de estado, con la excusa de solucionar los errores de los gobiernos democráticos sólo trajeron caos y destrucción. Nunca la violencia, y menos la organizada desde el estado, trajo solución.
Muertes, aniquilación del que pensaba diferente, oscuridad, mentiras, ocultamiento de la verdad. No sólo miles de argentinos sufrieron pérdidas irreparables sino que nuestro país, económicamente hablando, fue destruido en todo su potencial.
Y todavía hay personas que reivindican los gobiernos militares diciendo que no había tanta violencia y que se podía salir a la calle, etc., etc. Parece que no se acuerdan, o no vivieron el miedo y el terror que  se sentía en el ambiente como una opresión que nos impedía ser realmente libres.
Esto sucedió, es cierto. Pero por supuesto que es importante, también, superar las diferencias y los sucesos del pasado y proyectarnos hacia adelante, al futuro. No podemos seguir anclados al pasado. La memoria tiene que funcionar como un resorte que nos impida cometer los errores, pero no como una mochila de rencores y rabias que de tan pesada no nos permita avanzar.
La justicia y la verdad deben ir acompañadas del perdón. Perdón que no significa dejar sin castigo a los responsables pero sí que nos permita dar una vuelta de página y dejar todos estos hechos en la historia, como recordatorios de lo que no tiene que volver a suceder. Nunca más.
"La memoria del justo es bendecida, mas el nombre de los malvados se pudrirá." (Libro de Proverbios)

jueves, 24 de marzo de 2011

Lo que ellos no pueden robarnos

Lo que sigue es el editorial del día 19 de marzo de 2011 del programa Contracara, por Fm Identidad 107.3 de la ciudad de Cañada de Gómez, a raíz del asalto que sufrieron Claudio Pagura y su familia.

Anoche, aproximadamente a las 22.00 horas, entraron en la casa de unos amigos de la ciudad de Rosario para robarles. En la casa estaban el matrimonio, dos de los hijos y dos amigos de la familia.
Los ataron con alambre, los tiraron al piso y en medio de mucha violencia les exigieron todo el dinero que tenían más todos los artículos eléctricos y electrónicos: celulares, computadoras, notebooks, televisores, y hasta la planchita del pelo. Y también se llevaron el auto.
En medio de golpes y gritos querían más, agrediendo verbalmente y amenazándolos de muerte.
Una llamada telefónica rompió el tenso clima que se vivía en la casa y apuró la huida de los ladrones. La situación más crítica había empezado a pasar, pero la angustia, la impotencia y el llanto se empezaron a apoderar de las víctimas.
Cuando a eso de las 23 horas me llamaron para avisarme lo sucedido, en medio del llanto y la desesperación, se dejaba ver un sentir profundo de que, gracias a Dios, la situación no había pasado a peores. No sería el primer caso que una situación de robo terminara en catástrofe, pero esta vez, gracias a Dios, no había sido así.
Vivimos en medio de una sociedad violenta, donde los violentos creen que van a poder destruir nuestras vidas sólo por un televisor LCD o un auto. En un sentido meramente humano, estamos expuestos a lo peor que este sistema económico de exclusión social y profundas diferencias entre clases sociales, está produciendo. No estamos a salvo de nada ni de nadie. ¿Quién puede decir que a él no le va a pasar?
Pero también es un tiempo en donde se observan los resultados del hecho de que el hombre está lejos de Dios.
Mientras no dejaba de pensar en mis amigos, en realidad en mis hermanos de la vida y de la fe, también en mí surgía un profundo sentimiento de que en definitiva solamente por la gracia de Dios ellos hoy pueden contar la historia. Y aunque ahora son parte de las estadísticas de robos en nuestra Argentina, para nosotros forman parte de aquellos que pasaron la prueba de una situación extrema y salieron fortalecidos.
Sí, fortalecidos en su fe, en esa convicción de que por encima de todas las cosas hay un Dios que mira y cuida de aquellos que buscan vivir para agradarle. Claudio, Daniela y sus hijos son ese tipo de personas que desde hace muchos años dan su vida por los demás, que sirven con sus vidas a personas que quieren cambiar y quieren aprender a vivir como Jesús enseñó. Porque en definitiva ellos son parte de los miles de alumnos que el Dios hecho hombre tiene en este tiempo.
No sé cuántas de las cosas que los ladrones se llevaron van a ser encontradas, pero sé que hay algo que no pudieron robar. Algo que tiene mucho más valor que todo lo material que se pudo perder. Ellos no pudieron robar la fe, la confianza y la esperanza en un Dios que está presente, cercano y al alcance de cualquiera que lo busque. Ese Dios que en medio del momento más difícil estuvo ahí sosteniendo y guardando a Claudio y su familia.
Esto es la fe, y aunque a algunos les moleste o incomode, es lo más valioso que podemos tener en este mundo y en este tiempo.

¿El comienzo del fin?

Editorial del 12 de marzo de 2011

Mientras las noticias sobre la catástrofe ocurrida en Japón a causa del sismo y posterior Tsunami siguen llegando por los diferentes medios informativos, es imposible no pensar en qué está pasando en nuestro planeta.
Para muchos esta es simplemente una noticia más de un suceso ocurrido muy lejos de aquí y que nunca nos va a tocar. En cierta medida es cierto. Para otros es parte de los anuncios de que algo está sucediendo en nuestra tierra y hablan del comienzo del fin.
Lo cierto es que la tierra se volvió a mover, en esta oportunidad con una mayor intensidad, provocando una catástrofe en un país que está conformado por un archipiélago volcánico y que, de alguna manera, está acostumbrado a estos sucesos telúricos. Escuchaba a una especialista decir que Japón se encuentra en el llamado “círculo de fuego del pacífico”, denominación que hace referencia a esta realidad geológica.
Sin embargo esto no disminuye el impacto que mundialmente produce ver las imágenes de las aguas arrasando todo lo que se encontraba a su paso. Y qué decir de la pérdida de vidas humanas que todavía no se puede contabilizar con exactitud.
Por otro lado escuchaba anoche a un conocido conductor de televisión, que realiza programas y charlas de carácter espiritual, mezclando a Sai baba con Gandhi y la Madre teresa, decir que si todos nos unimos y hacemos fuerza, y amamos por encima de todas las cosas, sucesos como estos pueden no suceder. Al lado se encontraba un geólogo que lo escuchaba y miraba extrañado, pensando quizás, si este personaje era consciente de lo que estaba diciendo.
Aquellos que me han escuchado sabrán que creo fuertemente en las realidades espirituales, y por encima de todas las cosas creo en  Dios como creador y hacedor de todo lo que vemos y en que los hombres y mujeres que habitamos este planeta tierra debemos vivir como Dios nos enseñó para poder llegar a ser lo que él planeó para nosotros.
Pero de ahí a desconocer que hay realidades geológicas que producen estos fenómenos y que sólo amando vamos a solucionar estos hechos, estoy bastante lejos.
¿Será este el comienzo del fin? Nadie lo sabe. Pero sería una mentira decir que todo esto como lo conocemos va a durar eternamente, o darnos tranquilidad a nosotros mismos diciendo que “cuando volvamos a nacer, en otra vida” las cosas van a ser distintas y mejor.
Esta es nuestra vida, la que tenemos aquí y ahora, y esta es la vida que debemos vivir correctamente, siguiendo los principios divinos, no habrá otra posibilidad. Y, además, todo lo que conocemos en algún momento va a desaparecer, porque así está determinado por Dios, y por eso debemos considerar nuestra manera de vivir y rectificar aquellas cosas que no están bien, para disfrutar el tiempo que nos queda de vida de la mejor manera.
¿Y el amor? ¿Qué pasa con eso del amor que arreglaría todo? Sin duda, el amor es la base de las relaciones humanas, y es una gran verdad de que lo mayor de todo es el amor. El amor soluciona toda crisis entre personas, suaviza los momentos difíciles y nos identifica como seguidores de Dios. Pero no detiene un sismo ni un tsunami, aunque sí nos da la capacidad y el valor necesarios para soportar sus consecuencias.
Cada uno debe elegir si quiere conocer la verdad tal cuál es o dejar que algún iluminado nos siga engañando con soluciones facilistas y traídas de los pelos.

En busca de la verdad de los hechos

Editorial del 5 de marzo de 2011

En esta época donde casi todo se puede encontrar, donde no hay complemento para la vida diaria que no podamos comprar en algún gran hipermercado o Shopping, todavía sigue siendo difícil encontrar uno de los tesoros más valiosos con que podamos  embellecer la vida: la verdad.
La falta de verdad, es decir, la mentira, llena casi todas las áreas de nuestra vida personal, laboral y hasta gubernamental. Sí, porque desde los  distintos gobiernos (sean estos municipales, provinciales o nacionales) recibimos tantas informaciones que muchas veces están lejos de la realidad cotidiana del ciudadano común.
Otras veces quizás no nos mientan descaradamente sino que nos dicen lo que queremos escuchar y dejan debajo de la alfombra aquellas realidades que nos convienen, ni les conviene a ellos que se den a conocer. “Es el juego de la política”, dirán muchos. Pero para nosotros, los que creemos que la verdad sigue siendo un bien invalorable, sería mejor que nos digan todas las cosas, sin escondernos nada.
Pero también es cierto que en el otro lado, desde donde pensamos que tiene que partir la búsqueda de la verdad por encima de todas las cosas, está el periodismo. Sí, los medios de comunicación escritos, radiales y televisivos que tendrían que informarnos de manera objetivo los hechos, tal como sucedieron, y darnos el tiempo y el espacio para que cada uno reflexione y saque sus propias conclusiones.
Sin embargo la realidad es que siempre, aún la crónica básica, que sólo tendría que contar los hechos tal y como sucedieron, ya se está opinando, haciendo una bajada de línea, intentando influir en el pensamiento y la reflexión del público. Y, entonces, caminan por el peligroso límite de la verdad, jugando con la parcialidad y quitándonos la posibilidad de ver el cuadro completo de los hechos.
Esto pasó esta semana después del discurso que dio la presidente de la Nación en la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Según el canal, radio o diario la verdad era distinta, los entrevistados, en su mayoría, correspondían a una línea de pensamiento. ¿Y la verdad de los hechos…?  Descansaba en paz.
¿Cuál es el límite para un periodista o medio en el momento de mostrar las cosas que pasan? ¿Es tan difícil mostrar los hechos tal y cómo fueron y dejar que las personas hagan sus propias conclusiones? ¿Se tiene tanto miedo de que el ciudadano piense de manera autónoma? ¿Se le tiene tanto miedo a la opinión distinta, contraria?
Creo que ciudadanos y medios de comunicación estamos usando la verdad a nuestro antojo, convirtiéndola en mentiras a nuestra medida para conseguir, quien sabe qué ventaja.
Estamos errando al blanco. Busquemos la verdad, por encima de todas las cosas, porque sólo así podremos ser verdaderamente libres.

Honrar la vida

Editorial del 26 de febrero de 2011

¿Qué es vivir? ¿Cuáles serían los sinónimos de Vida? ¿Respirar, ver, sentir, amar, desear, hablar, pensar?
Si hoy puedo estar hablando con ustedes y ustedes pueden escuchar es porque compartimos una misma realidad: la vida. Esa realidad que muchas veces es tan poco tenida en cuenta, y, como está, casi ni hablamos de ella. Entonces, no la cuidamos, no la administramos correctamente, casi hasta la ignoramos.
Pero cuando las cosas se ponen feas, y la salud empieza a flaquear, o cuando sufrimos la pérdida de un ser querido, entonces, ahí, justo en ese momento, la empezamos a valorar. Y nos damos cuenta de lo valioso que es este don divino, el regalo de la vida. Con todo, con sus alegrías, y tristezas, con sus momentos para recordar y algunos para olvidar. Porque eso es vivir: sentir, amar, sufrir, esperar, quizás fracasar, pero volver a empezar.
Y todo esto lo podemos decir y expresar porque estamos vivos.
Pero, ¿qué de aquellos a quienes no se les dio el derecho de vivir, aquellos a quienes se les privó de la posibilidad de experimentar todas esas emociones?
¿Qué de aquellos niños que no nacieron porque una mujer decidió que NO, que no tenían el derecho para vivir, para SER, para existir?
El aborto es una realidad en nuestra sociedad argentina, y en el mundo, que va en aumento y que, entonces, se busca legitimar. Porque, en definitiva, no se puede detener.
Porque como no hemos sido capaces de educar y formar a las distintas generaciones en el respeto a la vida por encima de todas las cosas, el respeto al otro, aunque sea diferente, en la aceptación de los problemas y en trabajar para solucionarlos en lugar de buscar escapar y salir por la tangente, entonces, buscamos la salida rápida y, aparentemente más fácil.
Cuando deberíamos estar hablando y luchando por la vida, las presiones sectoriales nos están obligando a hablar de muerte. Porque como pasó con el matrimonio homosexual, hay presión de ciertos grupos para imponer la agenda y llevarnos a tratar temas impensados. Entonces ahora vamos a tener que hablar y explicar de por qué defendemos la vida. ¿No es contradictorio?
Es cierto que hay realidades sociales y personales que merecen ser tenidas en cuenta. Pero tenidas en cuenta para buscar la solución a esa realidad y no, en cambio, cometer un error mayor para tapar otro.
No es fácil sin duda. Pero siempre y sin dudarlo, lo primero debería ser el respeto a la vida, de todos, y más aún del más débil e indefenso. Esto también es honrar la vida.

De carne y hueso

Editorial del 19 de febrero de 2011

Los seres humanos somos proclives a crear mitos sobre las personas de carne y hueso, y luego creerlos y difundirlos sin diferenciar entre la realidad y la ficción. Entonces la verdad se ve empañada por lo que nuestra propia mente inventó y potenció.
Así tomamos a un líder político o religioso y lo dotamos de cualidades casi mágicas y sobrehumanas, para seguir alimentando nuestra veneración, en algunos casos, irracional. Todo esto, claro, hasta que la realidad nos golpea en la cara y nos muestra que no todo lo que reluce es oro y que no se vive de mitos sino de verdades, aunque sean duras de aceptar.
Así hemos hecho con aquellos hombres y mujeres que fueron parte de la construcción de nuestro país como tal, los llamados próceres. Los hemos endiosado hasta el extremo de creer que sólo fueron personas de bronce y de mármol y no seres humanos de carne y hueso.
Ayer se realizó la proyección del film Belgrano que relata parte de la vida de este hombre que fue uno de los protagonistas de nuestra historia. Un hombre, con todos los errores y necesidades de cualquier hombre, que supo trabajar por un ideal pero que se equivocó en decisiones que afectaron su vida personal y familiar.
¿Será entonces que vamos a bajarlo del pedestal y le vamos a quitar los honores de, entre otras cosas, haber sido el creador de la bandera? Creo que no sería justo. Más bien deberíamos aprender a valorar el esfuerzo y aprender de sus errores. Eso sería un signo de madurez.
Y eso también sería bueno aplicarlo a todos los aspectos de nuestra vida: conocer, aprender y elegir qué es digno de imitar y qué es mejor evitar.
No se trata de adoptar cualquier costumbre o creer cualquier nuevo pensamiento. No es cuestión de ir detrás de cualquiera solamente porque habla bien o promete grandes cosas. Tenemos en nosotros la capacidad de razonar y pensar y, luego de analizar y ver las distintas posibilidades, buscar de tomar la decisión correcta. Esa es, además de la capacidad de hablar, la capacidad que nos diferencia de los animales.
Hay cuestiones de fe que se creen o no. No hay mucho lugar para cuestionamientos filosóficos o humanistas. Es fe. Pero hay temas y situaciones en donde la reflexión y la búsqueda de consejos nos ayudará a tomar una decisión, por lo menos, más acertada.
¿Errores? Los vamos a encontrar por todos lados. En definitiva somos todos de carne y hueso.
Pero por lo menos busquemos la honestidad y la sinceridad. Creo que son un buen punto de partida.

Generación en peligro

Editorial del 12 de febrero de 2011

El llanto de la muchacha despertó a un vecino. Era la madrugada, tiempo para descansar y reponer fuerzas para el próximo día aunque fuera domingo.
Tirada en el piso, lloraba y se negaba a ser ayudada por otros jóvenes que querían llamar a la policía. “¿Quién te golpeó? ¿Quién fue?”.
Todo esto sucedía a metros de uno de los recientemente inaugurado lugares de baile de nuestra ciudad.
¿Y la policía dónde estaba? ¿Dónde se encontraban las personas que, entre otras cosas, deben velar por la seguridad de los ciudadanos? De los vecinos que estaban durmiendo y no tienen por qué ser molestados y de los jóvenes o mayores que deciden no dormir y también deben ser protegidos de los abusos de otros y de ellos mismos.
Nuestra ciudad no cuenta con una gran cantidad de lugares donde se reúnen los jóvenes a bailar y divertirse (aunque esto es cuestionable y discutible). No estamos en Rosario ni en Buenos Aires. Esto es Cañada de Gómez y todo es mucho más medible y controlable.
Por lo tanto, ¿sería una locura pensar que en cada uno de estos comercios, donde también hay un alto grado de posibilidades de que se comercie con las drogas y el sexo, exista una guardia de la policía para brindar una dosis de tranquilidad a la ciudad? Pero una presencia policial que permanezca hasta que el lugar se cierre y no exista más posibilidades de agresiones o peleas.
Está claro que sería mejor que no tengamos que decir esto y que las fuerzas de seguridad se ocuparan solamente de los casos de delitos de importancia, pero la realidad es esta y nuestra sociedad ha llegado al punto de tener que cuidarse de sí misma. Una sociedad que aplaude, sin que lo que diga a los cuatro vientos pero que lo demuestra mediante su silencio, que aplaude, entonces, las nuevas maneras que tienen las jóvenes para divertirse.
Si no velamos y tratamos de que se cambien los malos hábitos, que no son ni nuevos ni de ahora, estamos perdiendo una generación que no valora la vida, el respeto ni la dignidad, propia y ajena.
Soy de los que piensan que la noche es para dormir y descansar, aunque me tilden de anticuado o viejo. Pero creo que las cosas, en todos los niveles, serían distintas si nuestras prioridades y motivaciones fueran distintas.
Como padre aspiro a otros valores y a otros modos de vida para mis hijos. Trabajo, enseño y lucho por ello. No pienso bajar los brazos y, espero, que usted tampoco lo haga.

¿Ni olvido ni perdón?

Editorial del 5 de febrero de 2011

“Ni olvido ni perdón”. Esta es la frase con la que hemos venido transitando estos 28 años de democracia.
Después del genocidio que realizaron las distintas dictaduras militares, y lo que social, emocional y psicológicamente produjo todo esto en la vida de los argentinos, el regreso a la democracia trajo consigo frases como esta que demostraban, y nos demostraban, que ahora podíamos decir lo que pensábamos y hacer lo que queríamos. Era, creo, una especie de reafirmación después de tanta opresión.
Y así hemos vivido estas casi tres décadas, buscando que se haga justicia en tantos casos de violación a los derechos humanos. Llevando a juicio a los responsables, y sometiéndolos a juicio tras juicio, poniéndolos en el banquillo de los acusados vez tras vez, buscando que paguen por todo lo que realizaron.
Y creo que es bueno buscar justicia, que los responsables de los crímenes sean juzgados y que reciban lo que la ley tiene establecido para cada caso.
Pero también es cierto que uno se hace dos preguntas:
En primero lugar, ¿hasta cuándo? ¿Cuántos más juicios se van a realizar, con los mismos nombres en el estrado de los acusados? ¿Es realmente un proceso de sanidad para nuestra sociedad o simplemente es seguir revolviendo en los recuerdos y las heridas de las víctimas?
Coincido con algunos que sugieren que habría que unificar las causas para que, definitivamente, se dé un cierre a los juicios. No para que gane la impunidad sino para dar una vuelta de página a nuestra historia y seguir caminando hacia el futuro.
Preguntado sobre este aspecto, Eduardo Duhalde, precandidato a la presidencia, dijo: Hay que enviar un proyecto al Congreso para terminar los juicios lo más rápidamente posible y dedicarse al futuro. Ningún país puede mantener indefinidamente este tema."
Y en segundo lugar me pregunto: ¿A quién le hace bien y a quién le sigue dañando este largo proceso que parece no tener fin? ¿No será que por seguir autoafirmándonos mantenemos la frase ni olvido ni perdón y sólo nos seguimos lacerando sobre las mismas heridas?
El dicho conocido dice: “Errar es humano, perdonar es divino”, y en cierta medida es verdad porque hay ciertas faltas que sólo Dios puede perdonar. Pero también es cierto que en lo que se refiere a faltas cometidas en nuestro perjuicio somos nosotros los que debemos dar el paso y perdonar. Porque, como dice el conocido y repetido Padre Nuestro: “Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
Y, además, si no somos capaces de perdonar tampoco seremos dignos de recibir el perdón.
Creo que ya es tiempo de levantar el ancla que nos tiene atados a los recuerdos de todo tipo y alzar la bandera del perdón y la reconciliación.

Creados para la luz

Editorial del 15 de enero de 2011

La diferencia es notoria. Y hasta un niño de tres años se puede dar cuenta. Porque cuando los niños tienen que buscar algo o entrar a una habitación donde no hay luz sino oscuridad, siempre nos llaman, piden ayuda, y protección, para estar allí donde todo es sombrío, oscuro, donde es imposible medir las distancias y también medir las consecuencias de cada uno de nuestros pasos. ¿O no es cierto que generalmente cuando está oscuro nos chocamos cosas y nos llevamos por delante cualquier obstáculo en el camino?
Es que no fuimos creados para andar en la oscuridad; no es nuestro medio. Dicen que los gatos pueden manejarse perfectamente en ese ambiente… pero lo cierto es que los seres humanos no.
Además, la perspectiva de las cosas es totalmente distinta cuando no hay luz. Los peligros se agrandan y se pierde el sentido de la realidad, la verdadera dimensión de las cosas. Si no, pruebe con mirar una película de suspenso a las 10 de la noche, solo, en una habitación en penumbras o, la misma película, a las 3 de la tarde en una habitación donde abunda la claridad. Verá que es totalmente distinto.
Es que la luz revela todo, nos muestra todas las cosas y en su justa medida. No agranda ni achica, las vemos tal cual son. Y también nos permite medir y valorar las consecuencias de todas las cosas: la distancia que tenemos entre nuestros pies y ese mueble que la otra noche nos hizo ver las estrellas. Se puede calcular mejor y, por lo tanto, tomar una mejor decisión.
Y por supuesto, y en esto las amas de casa me darán la razón, la luz permite ver la suciedad, expone de manera perfecta la tierra sobre los muebles, los rincones mal barridos o la mancha en la ropa. Nada se escapa a la luz.
¿Será por eso que los delitos, los abusos, los excesos, las locuras en general se realizan cuando falta la luz, en medio de la profunda oscuridad? ¿Y por eso también en la noche, cuando reina la oscuridad, es cuando nuestros jóvenes y adolescentes eligen salir y emborracharse, aturdirse y hacer toda clase de locuras, porque se sienten apañados por las sombras y la ausencia de luz?
Estoy seguro que la mayoría de ellos no haría ni la décima parte de lo que viven durante la noche a plena luz del día y bajo la mirada de sus padres o mayores.
Fuimos creados para la luz: “Los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Nosotros que somos del día, por el contrario, estemos siempre en nuestro sano juicio…”.
Nuestra sociedad necesita cada vez más adultos que decidan ser diferentes, en sus propias vidas y en la de aquellos que tienen a su cargo. Enseñar a vivir de día, disfrutando y proyectando nuestras vidas en la claridad de nuestros pensamientos y acciones, y dejar la noche para descansar y aquietarnos.
No es fácil ir en contra de la corriente, pero alguien tiene que empezar.